ENTREVISTA A LA COORDINADORA DEL SISTEMA DE BIBLIOTECAS POPULARES Y CARCELARIAS

"A veces los presos no van a la biblioteca porque no los dejan pasar"

Liana González Liesegang también es coordinadora del Sistema Nacional de Bibliotecas Populares y Carcelarias del Uruguay. Su trabajo en las cárceles comenzó en forma honoraria en Cabildo. Esta preocupación por la población carcelaria nace de la premisa de que «cualquiera puede caer preso; no cualquiera tiene la oportunidad de ser un profesional libre y dueño de su futuro». Así lo expresa en su blog desde la red.

Su trabajo, en principio honorario, echó sus raíces en la cárcel de mujeres. Allí implementó su proyecto, producto de su tesis de grado para recibir el título de licenciada en Bibliotecología. Tras recibir su título fue el propio Ministerio del Interior el que la citó para que llevara adelante su proyecto en todas las cárceles. Hoy lo hace semanalmente y dedica alrededor de cuatro horas en cada uno de los centros.

En el CNR trabaja desde hace dos meses. Allí llega cada miércoles por la mañana, entre las nueve y las doce del mediodía. El proyecto recién está formándose y esperan que dentro de poco la biblioteca pueda ser inaugurada. Sus trabajos en el complejo carcelario Comcar se iniciaron el 7 de agosto, pero a diferencia de otros centros, aún no se ha generado la concurrencia a la biblioteca deseada por los propios presos y por Liana. El complejo funcionamiento del lugar hizo que, de un total de dieciséis presos interesados en el proyecto, quedaran sólo cuatro.

En cambio, el Pabellón femenino de Canelones recibe con gran expectativa y deseo la llegada de Liana. Es una de las pocas actividades, o casi la única, que reciben las presas, cuenta Liana González al conceder una entrevista a LA REPUBLICA, llevada a cabo en la futura biblioteca del CNR.

 

-¿Cuál fue el motivo que te impulsó a realizar este proyecto en las cárceles?

-Comenzó en el año 2003. Fue el devenir de la vida. Yo tenía que hacer un trabajo de grado y empecé a leer literatura sobre este tema. Me di cuenta de que la que existía era muy pobre y mentirosa, y leí sobre trabajos que nunca habían existido. Para eso tuve que entrar a los diferentes establecimientos, y en los que ingresaba con autorización de la dirección observaba una realidad, y en los que entraba como visita veía otra cosa.

Al Comcar, por ejemplo, entré como visita y vi que lo que yo había leído no era real. Entonces dediqué mi proyecto de grado a trabajar en este tema. La consigna era poder crear una biblioteca y hacerla funcionar dentro de una cárcel. Al plantearles el proyecto a las autoridades de cárceles, en ese momento me dijeron que el mejor lugar para hacerlo era Cabildo. Desde entonces una cosa llevó a la otra, y apenas me recibí me llamaron del Ministerio para coordinar este proyecto en el resto del sistema penitenciario. Hoy lo hago junto con el proyecto de bibliotecas populares que lleva adelante el Ministerio de Educación y Cultura.

 

-¿Cómo fue tu experiencia en Cabildo?

-La experiencia de Cabildo fue distinta al resto. Fue la persistencia que formó el ambiente. La consigna «¿Qué querés leer, no te aburrís?» generó la duda y la intriga de saber qué era lo que ocurría adentro de aquella pieza donde se veía entrar y salir gente. Pero cuando entraban veían todos libros y se iban.

Entonces un día hice una prueba. Entré «El Código Da Vinci» y se lo di a una de las presas. Tenía que leerlo y devolvérmelo. Ella lo leyó muy a escondidas, me lo devolvió y después dijimos que «El Código…» había estado adentro. Fue ahí que se generó un interés sobre el tema del libro. Querían saber de qué se trataba. Les llamaba la atención que era un libro muy gordo y por qué todo el mundo lo leía. Esas eran las dudas de las reclusas que no lo habían leído, y paralelamente la lectora ya se interesaba por otros temas: «¿qué son los templarios?», «¿eso pasó?, ¿fue así como cuenta el libro?». Eso dio para un tiempo importante de charla, y el que no estaba interesado por lo menos se enganchaba a escuchar.

 

-¿Qué libros buscan para leer?

-En Cabildo, por ejemplo, como tenían un taller literario y debían ejercitar distintas técnicas, necesitaban leer mucha poesía. También el tema de los niños estaba presente, y pedían el ingreso de libros para ellos. Lo primero es saber qué es lo que está pasando en ese lugar, para tener el material que los apoye e informe sobre algo que están haciendo en ese momento, pero también tenés que tener lo que los distrae.

Los varones, por lo general, te piden revistas y libros de fútbol, pero también piden poesía. Las mujeres te piden muchos libros de autoayuda.

 

-¿Por qué no se pudo continuar con la experiencia en Cabildo?

-En Cabildo abandonamos. Se estuvo trabajando desde 2003 hasta 2005. Trabajé hasta que me dieron las fuerzas. Ese era un trabajo voluntario y comenzó desde cero, desde enseñarles a trabajar dentro de la biblioteca, pero ahora se desarmó.

En un momento, cuando ya no me daban más los tiempos, el trabajo se suspendió, y paralelamente a eso sucedió que empezó a entrar una gran cantidad de chiquilinas con problemas de droga y la población de la cárcel cambió totalmente. De ser lo que es, una cárcel semiabierta, pasó a tener un sector cerrado. Ahora hay rejas donde antes no había. Y para acceder a donde era la biblioteca tenés que pasar por tres rejas, cosa que antes no sucedía. Se necesitaba un espacio más y el lugar más grande era la biblioteca. Entonces se desarmó íntegramente y se hizo una celda. Cuando volvimos para ver cómo estaban las cosas nos encontramos que la biblioteca se había comprimido a dos grandes estantes bajo llaves, y eso es un problema: no se puede trabajar bajo llave.

 

-¿Eso significa que no podrá trabajarse allí por el momento?

-Estamos viendo la posibilidad de poder armar dos bibliotecas, una para ese sector conflictivo y la otra para el sector que estudia, lee y trabaja. Cabildo está dividido en dos sectores: el de las recuperables y el de las que no sabemos si lo son. Entonces siempre se va hacer más énfasis en las que vos sabés que van a trabajar y estudiar. Para las otras habrá otro tipo de profesionales dedicándose a ellas. Es muy difícil trabajar el tema de la biblioteca con población con problemas de drogas y con problemas de contexto, porque no es que no quieran leer, es que no entienden.

 

-¿Cómo se reciben la noticia de que se va a instalar una biblioteca dentro de la cárcel?

-Como toda actividad, primero se recibe con mucha expectativa. «Va a venir algo nuevo», dicen. Después depende del establecimiento y de las personas que el interés aumente o disminuya. Puede ser que el interés sea acompañado por la institución o no.

 

-¿Cómo es la situación en el Comcar?

-La situación es diferente que en el resto de los centros. Ahí se planteó enseñarles a los encargados de cada biblioteca, que son los mismos presos, su uso y funcionamiento. Pero el material que hay es de muy baja utilidad y bajó la concurrencia. Empezamos con dieciséis varones reclusos y ahora son cuatro. No había un espacio para los libros. De repente, un recluso tenía en su celda libros que compartía, pero de repente no volvían. Pasó hace menos de un mes.

Era el día de visita y el libro que uno de los reclusos tenía era necesario para prender fuego para tener un mate caliente para su familia, y fue usado de esa manera. El Comcar es un lugar demasiado grande, con demasiados vericuetos, y el trabajo se hace complejo. En ese establecimiento se debe llamar uno por uno a los presos que van a concurrir, entonces primero tenés que llamar al guardia del módulo 1 para buscar al recluso que está en la celda 90. Va a buscarlo y a veces la respuesta es: «Está durmiendo». Pero el martes siguiente te enterás de que estaba esperando que lo fueran a b
uscar desde las siete de la mañana. Ellos saben que todos los martes estamos ahí, pero no llegan porque hay que caminar como dos cuadras, salir del módulo e ir al área educativa. En realidad no se permite pasar, más allá de que está escrito que el que estudia y trabaja puede pasar. No es fácil para ellos y para nosotros tampoco. Vamos y si hay neblina no se puede trabajar porque no se habilitan los módulos. Si está lloviendo el preso no puede salir; siempre hay un pero. Pero igual siempre hay cuatro o cinco muchachos que van y le dicen al guardia «hoy me toca, permiso», porque tienen derechos. Los hombres que van a la biblioteca tienen más de cuarenta años en promedio. Son personas que ya saben lo que quieren hacer; están convencidos de que conocen sus derechos y tienen una conducta que hace imposible que no los dejen pasar. *

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