Berrinches
Hay un ámbito en el cual el país necesita hombres con cintura.
Esa que en el fútbol tuvieron Ramón «La bordadora» Cantú, «Ciengramos» Rodríguez o Luis Alberto Cubilla. O como la que aún tiene José «Pepe» Cancela, un habilidoso injustamente exiliado.
Hoy es una necesidad en el mundo de la propiedad productiva. No puede ser que a los empresarios les agarre un berrinche una pataleta igual a la del nene al que le niegan caramelos porque tiene caries cada vez que no se hace exactamente lo que quieren. La pobre Concertación Nacional tiene más moretones que Bonavena después de pelear con Alí, por falta de cintura de esa gente.
Los empresarios están obligados a una conducta más adulta y racional; a entender ciertas cosas elementales. Por ejemplo: nadie puede aspirar, en un país en desarrollo que busca la justicia social, al cien por ciento de la satisfacción de su interés; sería afiliarse al egoísmo ilustrado que vendió, en su tiempo, Jeremy Bentham.
En un país en desarrollo que busca la justicia social , todos, y en lo posible empezando por los poderosos e históricamente más beneficiados, deben sumar a un objetivo nacional más claro que el agua.
Si los empresarios buscan una salvación individual, no contribuirán a que Uruguay edifique una vida recta. Lo dijo Russell: «La salvación es un ideal aristocrático porque es individualista». Pudo existir en Grecia, basado en la esclavitud, y sobrevivir entre nosotros, basado en la explotación, con los privilegiados de turno echando mano ocasionalmente de la caridad o la compasión. Creo, citando otra vez a Russell, que «en una sociedad democrática sólo un maniático podría pensar que, de ese modo, aporta a algo mejor para todos».
El gobierno está siendo paciente. Todavía no cree en la necesidad de sugerirle a estos empresarios otro comportamiento, como aquella madre enseñó técnicas odontoló-
gicas a su hijo: «Me volvés a contestar y te rompo los dientes contra la pared».
Pero, cuidado, ¿hasta cuándo? *
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