Bolivia y el Che
Con motivo de cumplirse cuarenta años de la muerte del Che Guevara en Bolivia, se llevaron a cabo dos conmemoraciones en este país. Una, protagonizada por el presidente Evo Morales, en La Higuera, ensalzó la figura del guerrillero. Esa ceremonia contó con la presencia, entre otros, de un destacado músico uruguayo: Daniel Viglietti. La otra, organizada por los militares retirados y los ex combatientes que pelearon contra la guerrilla de 1967, lo calificó de «invasor», «extremista» y le endilgó la responsabilidad por los «caídos en defensa de la República».
Así, en ese día y los siguientes en que los diarios y la televisión se dedicaron al tema, las dos Bolivias estuvieron nuevamente presentes, en su lucha por la hegemonía cultural y política de ese país. La Bolivia indígena y la Bolivia blanca, la del altiplano y la de la media luna, la de Evo Morales y la de sus opositores.
El presidente Evo Morales no sólo enalteció la figura del Che Guevara, sino la de su lucha, a la que definió como «anticapitalista» y «antiimperialista». El capitalismo, como tal, fue denostado en su discurso como «inhumano» y «depredador» de la naturaleza. Y es que en la nueva izquierda boliviana existe un término, el «vivir bien», que remite a un tipo de desarrollo distinto al de nuestra visión occidental y europea. De hecho, este «vivir bien» implica una concepción opuesta a lo que el propio Plan Nacional de Desarrollo del actual gobierno llama las «pautas civilizatorias occidentales». Estas pautas incorporan «los dispositivos de dominación y control social que refrendan las prácticas de poder y de conocimiento colonial». El «vivir bien» ( sumaq kamaña en aymara, y sumaj kawsay en quechua) no comprende sólo el acceso a los bienes materiales necesarios para vivir, sino que implica la «realización efectiva, subjetiva, intelectual y espiritual, en armonía con la naturaleza y en comunidad con los seres humanos» (Plan Nacional de Desarrollo, 2006). Vivir bien implica una «cosmovisión» que reclama otra relación con la naturaleza, reivindica el sentido identitario de la comunidad y el vivir en redes de solidaridad y fraternidad con el prójimo. Así, el discurso «anticapitalista» de Evo Morales remite a ideas que, en la formulación boliviana del «socialismo del siglo XXI» (distinta, sin duda, a la de Chávez), ya no son las del socialismo real, sino otra cosa. Es difícil precisar qué es exactamente esa otra cosa, pero no hay duda de que es distinta, nueva, y merece toda nuestra atención.
En cuanto al imperialismo, aquí el mensaje es mucho más claro para cualquiera. Representa una postura crítica y de rechazo hacia la política exterior de Estados Unidos. El antiimperialismo supone, en un país como Bolivia, básicamente un reclamo de soberanía nacional. Después de todo Evo Morales es un líder surgido de la lucha de los campesinos cocaleros contra la política estadounidense de erradicación forzada de los plantíos de coca en la región. La Embajada de Estados Unidos no reacciona a estos ataques. Simplemente observa. Calcula la magnitud del «eje del mal» que se dibuja desde Cuba a Venezuela, y de ésta a Bolivia, y ahora alcanza a Ecuador, y espera. Ya estallarán las contradicciones internas, piensa.
Y en efecto, si algo no le falta a Bolivia, son contradicciones internas. El doble acto en relación al Che lo muestra. Las columnas periodísticas y televisivas también. Un periodista, con cierta prudencia, afirma: bueno, el presidente puede tener la ideología que quiera, pero debería defender a las instituciones del Estado, como los militares. Otro, menos prudente, critica ferozmente que el presidente haga «loas para el que provocó en la República desasosiego, convulsión y decenas de muertos»; y se pregunta: «¿Acaso recordó el mandatario a esos connacionales que dieron su vida por la patria?». Ni lerdos ni perezosos, los militares retirados reclaman pensiones para los sobrevivientes y los familiares de los caídos en la lucha contra la guerrilla (sesenta, en total). No lo reclamaban antes: ni con Siles Suazo, ni con Banzer, ni con Sánchez de Losada: lo reclaman ahora. El presidente Evo Morales no dudó en responderles: dijo que esos soldados lucharon «a favor del imperio», que «estaban cumpliendo instrucciones no sólo del alto mando militar de entonces, sino también del imperio». Y se negó a considerar cualquier posibilidad de reparación.
Mientras tanto, Bolivia sigue convulsionada. No todo son rosas en la Constituyente, pero se avanza. Las ganancias que proporciona el espectacular aumento de los impuestos a los hidrocarburos se han multiplicado por diez, y son ingresos netos para las arcas del Estado. Sin embargo, restan aún dos cosas por asegurar: la inversión extranjera (que se ha retraído) y la redistribución de los nuevos recursos. Una lucha con movilizaciones varias se prepara porque el gobierno central decidió cortar recursos del Impuesto Directo a los Hidrocarburos para prefecturas y municipios. Y es que el gobierno central trata de recuperar terreno, en un país donde las provincias tienen enorme poder y las más ricas están en manos de la oposición.
Bolivia no está sola en este proceso y eso está bastante claro, no sólo para Estados Unidos. Es que la integración del «eje del mal» no sólo está alimentada por la ideología. Este eje es también un eje energético, llamado a tener una importancia capital en el futuro latinoamericano. Venezuela, Bolivia y Ecuador, tienen unos especiales recursos comunes a acumular, coordinar y negociar: se llaman hidrocarburos. Y existe el proyecto de «latinoamericanizarlos». La posesión de estos recursos les da un potencial de soberanía especial. Claro está que ese potencial siempre estuvo; pero no fue sino hasta que Chávez tomó el control de Pdvsa luego de la huelga petrolera, que estos países pudieron testear el margen de maniobra que tenían para reapropiarse de sus recursos estratégicos. Y como se ve, ni Venezuela ni Bolivia enfrentaron una guerra por eso. Se logró hacer, y se logró hacer en democracia, y con ello estos países dieron el primer paso en desacralizar ese sentido común que ya se ha impuesto, sobre los limitados márgenes de maniobra que tienen estos gobiernos para decidir su destino. La reapropiación de Pdvsa en Venezuela y la nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia muestran que el margen de maniobra es un poco más amplio que lo que ese sentido común predicaba.
Sin embargo, este avance no está pudiendo ser aprovechado de la misma manera por todos los países de América Latina. Mientras el Mercosur intenta un principio de «soberanía regional», con enormes limitaciones y difícil pronóstico, Costa Rica perdió la pulseada por el TLC. Así, este país se sumará a la situación de dependencia estructural de las economías centroamericanas con la de Estados Unidos, que hoy parece haber desplazado y reemplazado a la dependencia política y cuasi colonial con este país, que alguna vez desafiaron las guerrillas en la región, y esas dos revoluciones de las que hoy poco se habla: la cubana y la sandinista. De todo esto hoy lo que aún permanece vigente es el símbolo del Che Guevara. Porque salvo en el «eje del mal», Cuba ya no es vista más como un proceso político con el cual las izquierdas se puedan identificar.
Son países como Venezuela, Bolivia y Ecuador los que hoy están dando la nota. Se encaminan hacia unas vertientes políticas que en las «buenas» versiones se califican como «nacional-populares» o «neodesarrollistas», y en las «malas», de populistas. Son otras economías, otras sociedades, y por ello, otras son las formas de hacer política. Las condiciones de vida de las mayorías miserables en Bolivia están explicando parte de este ensanchamiento de los márgenes de maniobra de los actuales gobiernos. Eran miserables durante la época de la colonia, siguieron siendo miserables con la independencia, y el capitalismo no ha traído mejoría alguna a la inmensa mayoría de los campesinos y los indígenas: ¿Por qué habrían de creer en sus pr
ogresos?
Quizá porque como decía el Che Guevara en 1961, en el Paraninfo de nuestra Universidad de la República, «el desarrollo económico es nada más que el medio para lograr el fin, que es la dignificación del hombre». *
* Constanza Moreira. Politóloga. Universidad de la República. Este espacio fue ocupado desde 1999 por los fermentales análisis de Hugo Cores. Ante su ausencia es cubierto por Constanza Moreira como homenaje a su memoria y aporte al colectivo.
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