Ni a palos se suspende…
El primero fue una gran intriga…. «Puede estar bueno…. dale, vamos». En un ómnibus contratado que de día ofició de transporte y por la noche de cama, salimos rumbo a un concierto tipo «Woodstock». Llegamos al Pilsen Rock bajo agua.
Los recuerdos son de saltar en el barro, bajo la tormenta, mientras tocaba Hereford y luego la Trosky. El primer día de un fin de semana inolvidable terminó con una imagen insólita: más de doscientas personas rodeando un carrito de hamburguesas. El desafío era conseguir algo de comer antes de que la comida se terminara, en el carrito y en todo Durazno. Es que en las góndolas de los almacenes, lo único disponible para la venta era la comida no instantánea (imposible pensar en cocinar sin los implementos necesarios, y casi nadie los había llevado) y el alcohol, que no podía faltar.
El chofer del ómnibus lo estacionó frente a la comisaría de Durazno. Los pasajeros nos quedamos dentro de él durmiendo y el conductor se fue muy bien acompañado. Mientras, los policías cuidaban que no nos lleváramos el coche.
Al día siguiente, algo jamás imaginado, ropa mojada colgando del murito de la comisaría y de las ramas de los árboles. Algo más insólito aún fue que todos hicieron uso del baño y calentaron agua para el mate. Hasta se armó partidito de truco entre los oficiales.
Cuando llegó el chofer, casi sobre el mediodía, arrancamos al Parque de la Hispanidad nuevamente, y comenzó el segundo día de Rock.
La experiencia de viajar en tren
El segundo año, en 2004, uno de los principales atractivos fue la posibilidad de viajar en tren. Para muchos se trataba del primer viaje en este medio. Lo que en un ómnibus se recorrió en tres horas, en tren superó las cinco.
En los vagones el tiempo no transcurría. Cada uno era diferente al otro. En unos daba miedo entrar, otros parecían un gran merienda compartida, con truco incluido, y en algunos las guitarras de los pasajeros se unieron hasta conformar una gran banda.
La llegada al parque fue una fiesta. Todos saludaban al tren y a quienes veníamos dentro. Para muchos se trató sólo de una experiencia, pues tras el cansancio de la vuelta, prefirieron algo menos folclórico y más tradicional, como los ómnibus.
Lo anecdótico de ese Pilsen fue la abundancia de puestos de comida y bebida. Aunque quienes habíamos vivido la experiencia del año anterior, llevamos suficientes reservas, por las dudas.
Rock a pleno sol en el tercero
El barro característico en el parque de la Hispanidad, fue sustituido por la tierra seca. Eso también trajo consecuencias: tierra desde los championes hasta el pelo y la cabeza.
Al finalizar la última canción de No te va gustar, banda que cerró el festival ese año, la polvareda por los saltos fue tal que costaba distinguir a las personas. Después de toser un rato, todos los jóvenes pudimos decir: «¡Qué buen final!».
2006
Muchísima gente. Cada vez más. Los duraznenses salían a recorrer las calles para ver de cerca a los forasteros. Y a pesar del posible sentimiento de invasión, demostraban que éramos muy bien recibidos.
El que fue mejor recibido fue el camión de cerveza Patricia, que venía a reponer el stock. En medio de un baile callejero, bajo el sol, el camión y sus choferes fueron alabados. Como si fueran dioses.
A pesar del recibimiento, las cervezas no se enfriaron a tiempo y tuvimos un nuevo Pilsen Rock con cerveza tibia.
Expectativa
En las últimas ediciones del Pilsen Rock, las bandas parecieron no ser el principal atractivo. O al menos la gente no se cuestiona si ir o no en función de los grupos que tocan. Lo mejor es la fiesta y el entorno que se genera. ¿Desbunde? Para muchos sí, pero siempre respetando a quien se tiene al lado.
¿Cómo será este año? Todavía no lo sabemos. Y si la cerveza estará fría o tibia, poco importa. Lo importante es que empiece el show. *
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