El loco de la bicicleta
Algunos de mis compañeros repartidores dijeron que yo estaba loco, cuando conocieron el itinerario de la Zona 11. –«¿Todo eso en bicicleta?»– preguntaban. Y concluían –«Vos estás muy loco».
La «zonita» es extensa, hay que decirlo. Yo no me había dado cuenta, hasta el día que entré a «Suscripciones» y vi un mapa donde mi zona era visible y considerablemente gigantesca al lado de cualquier otra. Mirando el mapa desde una óptica vertical, de arriba hacia abajo, el recorrido comienza en Las Piedras, pasando por La Paz, Colón, Sayago, La Tablada, Villa Colón, entrando a Melilla para conectar entre quintas, granjas y alguna bodega con Pueblo Abayubá, que limita con la ciudad de La Paz. De allí la vuelta por Camino Calpino, entrando directo al corazón de Las Piedras.
A esta locura diaria, como bien lo dicen mis «colegas», le agrego todas las semanas un «plus» de kilómetros para llegar al Diario, especialmente aquellos días donde el vil metal cumple un rol preponderante. En ese caso, la vuelta a Las Piedras casi siempre es en tren (casi siempre, porque muchas veces pierdo alguna «última salida» o llego a la noche), aprovechando la ocasión para darle un descanso a las piernas.
En una de esas tarde estaba yo, esperando en la Estación la salida de las 13:25, como era habitual; tarde de calor aplomado y riguroso, de cielo abierto y cerrado. Al pasar por el portón hacia el andén, el mismo guarda que expide boletos dentro del tren, es el encargado de marcar los previamente adquiridos en la ventanilla, con una simple rotura que parte parcialmente el «tiquecito» en dos. Un niño había pasado antes que yo, entregando al funcionario cuatro boletos que sin titubear marcó.
El niño, sus padres y su hermana en brazos, caminaban delante de mí, mientras yo iba sin prisa, bicicleta de tiro, seleccionando detalladamente una puerta para subir como si fuese a viajar en «El Tren de los Sueños» de Contrafarsa. De pronto, el niño hace de los boletos «papel picado» y esgrime una suelta de ellos en el andén, ante la mirada atónita de su padre que le grita con cara de asesino: «¿Qué hacés con los boletos, Carlitos? ¡Y si un Inspector te los pide…! A lo que Carlitos responde con la inocencia y desfachatez propia de un niño: «¡Pero papá… si ya estaban todos rotos…!» *
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