Tiempos
Soy respetuoso de las instituciones. Claro, de las instituciones respetables.
La Iglesia Católica Apostólica Romana me genera una incomodidad moral que apareció cuando aprendí a leer e interpretar la historia, y que se agrandó, cual agujero negro, al momento en que Russell, Huxley y otros hicieron lo suyo en mi pensamiento y mis ideas.
En la Iglesia Católica ha habido, desde siempre, un desacomodo del tiempo. Hablo del tiempo, o sea la oportunidad, de admitir culpas. Se le hace cuesta arriba esa admisión; tanto, que a veces ha invertido siglos en decidirse.
Pero si esto fue criticable en el pasado, cuando el hombre se enteraba de los hechos mucho después de ocurridos, ahora, que la información circula a igual velocidad que las circunstancias cotidianas, la Iglesia Católica se enfrenta a un cuello de botella que sus viejos dogmas son incapaces de atravesar.
El patético, espantoso caso del sacerdote Christian Von Wernich, ex capellán de la Policía Bonaerense durante la dictadura argentina, es un ejemplo. El Episcopado del vecino país expuso «su conmoción» tras conocer la condena a cadena perpetua de su servidor por crímenes de lesa humanidad. Martín de Elizalde, obispo de la diócesis a la que pertenece el monstruo, pidió perdón y expresó «su arrepentimiento sincero». Y entre nosotros, el obispo de Salto, Pablo Galimberti, participante activo en la defensa de los derechos humanos, afirmó que juicios semejantes «le hacen bien a la Iglesia y nos devuelven la salud».
Tales, las principales manifestaciones de repudio escuchadas estos días. ¿Basta, es suficiente? ¿Acaso la institución ha emergido, una vez más purificada, del infierno en que la metió uno de sus propios pastores?
Pregunto: ¿nadie supo hasta hoy de las tenebrosas actividades de Von Wernich? Entre tanto, ¿él anadeaba por los atrios, los altares y los púlpitos, aceptado entre sus pares como uno de tantos hijos predilectos del Señor?
Lo siento. No se lo cree ni Dios. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad