Optimismo
Si alguien dice que todo está bien como está, porque todo se necesita, espero que hable de la naturaleza.
No es lo mismo si piensa en las relaciones comerciales con Estados Unidos, menos aún tras la visita del secretario de Comercio norteamericano Carlos Gutiérrez, hombre con apellido de zaguero derecho, de esos que te barren de atrás.
Gutiérrez que siempre tuvo a su lado al embajador Baxter, el hombre de los ciento diecisiete dientes desparramó optimismo, aludió a noventa empresas de su país que invierten en Uruguay como si hubiese ocurrido ayer, declamó que «hay un gran futuro para crear empleos y prosperidad» y confesó que «somos amigos y colaboradores» y, ya enigmático, que «compartimos valores adicionales».
Nadie niega la necesidad de la economía uruguaya de insertarse con mayor profundidad y réditos en el mercado norteamericano. Tampoco que la firma de un Tratado de Libre Comercio ha quedado sepultada por la realidad. Se trata, entonces, de pequeños, a veces lentos avances hacia el objetivo: que ellos inviertan más creando empleo y que nosotros aumentemos nuestras ventas y los precios obtenidos.
Ahora bien, ¿eso quiso decir el optimista Gutiérrez? ¿Eso sugiere la sempiterna sonrisa de Baxter? ¿Eso le susurra al oído a Astori y a Lepra cada uno de los alegres enviados de Washington?
Ojalá. Sin embargo, me asaltan unas dudas espantosas. Es tan claro lo que ellos deberían hacer y no hacen. Es tan claro lo que nosotros deberíamos hacer y no nos dejan. ¿Cómo creerles? ¿Siendo optimistas?
Cuidado. Decía Wimpi que hay un optimismo capaz de causar pesimismo: el de los que enajenan el presente, desatienden la hora que se vive, a fuerza de anticiparse un incierto futuro prodigioso.
Qué sé yo. Prestando atención a tipos como Gutiérrez me siento como aquellos caballeros a quienes Eduardo III hacía ir por la vida con un trapo cubriéndoles un ojo, para que no olvidaran jamás que hay que creer sólo en la mitad de lo que se ve. *
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