"ES UN DEBER DE TODA PERSONA ACOMPAÑAR A QUIEN SE SIENTA DESAMPARADO O PERSEGUIDO"

José Luis Sanchis: 45 años dedicados al sacerdocio

El padre, el cura, el amigo de la comunidad? Así comenzó la conversación con LA REPUBLICA, sin protocolo y de entre casa. «Todos me dicen padre y no tengo hijos; me dicen cura y no sano a nadie. Que me digan como les guste, bendito sea Dios», exclama.

Semanas atrás, en la misa habitual de los domingos, a las 19.00 horas, se recordó la fecha en que el padre Sanchis fue ordenado sacerdote por monseñor Marcelo Mendiarat. Ocurrió en Artigas, su ciudad natal.

De allí fue enviado a trabajar a la Catedral de Salto por dos años. Luego llegó Guichón, en Paysandú, donde estuvo asignado por tres años. A principios de 1968 llegó a Fray Bentos, donde ejercería su actividad por un año. El plazo se fue renovando por uno más -y otro más- hasta contabilizar hoy casi cuarenta en la comunidad.

En este tiempo no es común que un sacerdote permanezca tantos años en la misma ciudad, pero Fray Bentos ha tenido la suerte -tal vez- de no cambiar muy a menudo los sacerdotes asignados por la Iglesia Católica. Desde el período fundacional de la ciudad a la fecha se han sucedido apenas tres sacerdotes encargados. El padre Echeverría estuvo 35 años, desde finales del siglo XVIII hasta comienzos del siglo XIX; Monseñor Carlos Stigliani permaneció 43 años. Lo sucedió Sanchis.

En la década del 60, cuando Sanchis llegó a Fray Bentos, se vivía un clima de cambios y preocupación social a nivel mundial. Uruguay no era la excepción. Cuando terminó el Concilio, las iglesias de cada país debieron adaptarse. «A mí me tocó hacer de bisagra en ese momento, entre la época pre y pos conciliar. En esta época rica, llena de proyectos, me tocó trabajar con otros sacerdotes jóvenes también. Hubo luchas tremendas, porque todo lo que era cambio en aquel momento era mirado con cierta desconfianza», relató el sacerdote.

«En una época en que América fue cambiando los sistemas políticos democráticos hacia sistemas militarizados, donde toda aquella persona que actuaba en la sociedad por naturaleza se merecía la desconfianza, donde había que probar que se era inocente, donde se suponía que el hombre no era trigo limpio, allí me tocó estar», afirmó Sanchis. «Fue una época muy rica pero dolorosa.

A nivel de Iglesia se dejó el trabajo a nivel masivo para ir al encuentro con la gente en el barrio. Se pasó, salvo cosas esporádicas, de procesiones y ceremonias al mensaje hacia la pequeña comunidad. Así surgieron los referentes del barrio y apareció la necesidad de trasmitir la fe».

 

Epocas de dictadura

«Creo que es un deber de toda persona acompañar a quien se sienta desamparado o perseguido. Acompañar al que está preso no significa justificar lo que esa persona hizo. Debo querer al ladrón sin querer el robo; debo querer al asesino sin querer el asesinato», afirmó el sacerdote.

«La Iglesia siempre quiso estar muy cerca de la gente que sufrió. Hubo personas, dentro de la comunidad, que estuvieron de acuerdo con los métodos que utilizaron los militares; otros los cuestionaron fuertemente, pero no quiere decir ello que los condenaran. En esta parroquia se fue solidario con todo el que vino buscando una mano, un consejo, una opinión en caso de emergencia.

Otros también tuvieron esa experiencia, como el padre Pertussatti o el padre Juan Masnou. Trabajamos muy juntos. Fueron situaciones que prefiero mantener en la reserva, en lo sagrado, en lo histórico.

Las expresiones solidarias, las expresiones de amor no son para gritarlas en una plaza pública, sino para vivirlas en la intimidad, en el recuerdo y en la oración personal.

Eso fue lo que intentamos hacer nosotros y lo hicimos», dijo el padre Sanchis, cargado de emoción.

El sacerdote también se refirió al desengaño y la falta de esperanza del ser humano en las épocas modernas, y en cualquier otra en que se hayan producido grandes cambios. «En estos tiempos todo pasa por tela de juicio. Pero dentro de no menos de 70 u 80 años los cambios se verán y, como siempre ha pasado, quedará lo que realmente sirva. Se tendrá que conservar lo óptimo para las futuras generaciones, pensando en no dejarles un mundo contaminado», dijo el padre Sanchis a LA REPUBLICA, con la sencillez que lo caracteriza. *

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