Bares, cafés y almacenes: entre el pasado y el presente
El almacén Cavalieri de ramos generales se encuentra anclado entre el pasado y el presente de Melilla. Ubicado frente a una escuela, en un entorno semi-rural de huertas y viñedos.
«Apenas un bolichero»
Fundado en 1920 pertenece a la misma familia, su dueño se define como «apenas un bolichero», pero tiene un encanto único, porque enmarca lo viejo con lo nuevo, sin que sea chocante, ni de mal gusto.
Su creador fue un inmigrante vasco-francés, Jean Pierre Cousté, quien adoptó el nombre de «Cavalieri» para su comercio, gracias a que unos inmigrantes italianos que venían en el barco que los transportaba al continente americano, le dijeron que era un «cavalieri» (caballero) por su excelente comportamiento. «A mi abuelo le gustó el nombre y lo adoptó para el almacén», comentó el dueño.
El negocio combina modernidad con altas vitrinas de madera, gruesas carameleras de vidrio, cajones donde se almacenaban los fideos, el arroz y otros alimentos a granel.
Entre balanzas y Julio Sosa
Balanzas antiguas de dos platos, botellas de leche Conaprole, latas de galletitas de metal y vidrio, molinos de café express, una vieja y gran caja registradora, adornan el lugar. Todo esto coronado con una sonora vitrola que al ritmo del tango y varios murales de Carlos Gardel y Julio Sosa, ponen el broche de oro.
En medio de todo esto no faltan tampoco las viejas alcancías de ahorro del Banco La Caja Obrera y del Banco de la Paz, ambos extintos. Detrás del mostrador de madera atienden como antes las dependientas del almacén, munidas de pulcros delantales.
A un costado en grandes ganchos de hierro, cuelgan varias tiras de salames y otros embutidos, que adornan la vista y ahí cerca, varios frascos de conservas caseras, dan gusto al paladar.
Combinando el pasado con el presente al medio del salón, largas filas de góndolas de madera están repletas de mercadería y en una esquina una joven promotora ofrece café Montesol, al mejor estilo de los supermercados.
Como en las pulperías
Almacenes como el Cavalieri eran muy comunes no hace muchos años, en las afueras de Montevideo y todavía se encuentran en varias zonas rurales del interior del país. Las también llamadas «pulperías» eran lugares de encuentro, en donde los vecinos se contaban las novedades del barrio o del pueblo, y al mismo tiempo «calentaban el garguero» con grapa o caña.
Mientras los paisanos se entretenían, aliviando la soledad del campo, el almacenero o pulpero, iba acomodando la larga lista de surtidos del mes, que traían los compradores.
Debido a las extensas distancias y al mal estado de los caminos rurales, generalmente se iba al almacén una vez por mes a surtirse de yerba mate, tabaco, harina, fideos y «galleta de campaña», un pan expresamente elaborado para que se seque y aguante lo más posible. También era imprescindible para surtirse de las novedades, que tuviera el almacenero (quien se surtía de sus proveedores) u otros parroquianos.
Resurgiendo de las cenizas
Volviendo a la ciudad, el Café Brasilero es una expresión de lo que fue Montevideo a principios del siglo XX, fundado en 1877 y estrechamente relacionado con la Plaza Matriz.
Es un café sobreviviente, porque a principios de los años ochenta fue desmantelado y se perdieron muchas cosas.
Años después se reconstruyó, con un trabajo muy cuidadoso para recuperar el espíritu de uno de los cafés más antiguos de Montevideo. Es además un lugar típico de encuentro de intelectuales de todas las áreas del pensamiento y la cultura uruguaya.
El café guarda la calidez de la madera y sus paredes están tapadas de dibujos, obras y personalidades de todas las épocas. Es un lugar donde rápidamente se asimila el clima de intimidad, que viene acompañado con un buen café.
Un café fabril
El café Rondeau, en la calle del mismo nombre y Aguilar conoció mejores épocas, cuando la zona era un gran epicentro fabril y miles de obreros circulaban por el lugar donde había once bares, ahora sólo quedan tres.
Símbolo de esa época son los espejos que se encuentran detrás del mostrador de mármol, que exhiben escenas de la vida de las fábricas. Las mesas y sillas del bar, son las mismas que un día adornaron el celebre café «Al Tupí Nambá» que se localizaba en Juncal y Buenos Aires.
Otro bar característico es el Bar Rey, en Daniel Muñoz y Requena. Su mostrador es de mármol de Carrara y está abierto desde la década del cuarenta y la última reforma que se le hizo fue en 1949, desde entonces su estructura no ha variado. La heladera al igual que la del café Rondeau, es de madera de ébano, símbolo de una época.
Organizados en torno a un mostrador
La Comisión de cafés y bares de Montevideo, auspiciada por la Intendencia Municipal de Montevideo, el Ministerio de Turismo y Deportes, la Junta Departamental de Montevideo y Cambadu, está integrada por más de 20 comercios, cafés y bares que forman parte de la historia de la ciudad. Ambitos de encuentro, lugares que acuñaron los valores y la identidad de los montevideanos.
Antiguamente en la capital llegaron a existir hasta cuatro bares por esquina. Pero desde finales de la década del sesenta, los bares tradicionales se desmoronaron, sufriendo un gran deterioro y en la mayoría de los casos desaparecieron.
Estos comercios profundamente ligados a la ciudad, son una herencia colectiva que forman parte del patrimonio de los barrios montevideanos. *
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