La Ciudad Vieja resistió la lluvia y se convirtió en una gran fiesta popular
Caminaban juntos, en un grupo compacto de no más de quince personas. Miraban con atención un edificio que tal vez ni sus habitantes sepan el valor que le podría dar un guía turístico, en Ciudadela y Canelones. Todo sucedía mientras la mañana de ayer todavía salpicaba amenazante algunas gotas rezagadas de la noche. El viento de la Plaza España impedía que el guía mantuviera ordenados sus papeles.
Cuadras más adelante, a las 9.45 horas, apenas algunos fotógrafos esperaban en la puerta del mítico y cada vez más hermoso Teatro Solís. Enfrente, tres policías de tránsito ordenaban los vehículos sobre la calle Buenos Aires, en la intersección de Bartolomé Mitre, donde un escenario se montaba con los debidos cuidados para proteger los equipos de audio del agua. El ministro de Educación, Jorge Brovetto, llegó poco después de las 10 de la mañana.
«Antes hablábamos del patrimonio como el valor de los edificios y hoy nos damos cuenta de que hay otros valores», expresó el secretario de Estado, refiriéndose a las tres homenajeadas este año. Luego miró hacía arriba pidiendo que la jornada comenzara a dar señales de buen tiempo.
Aún lloviznaba y dentro del Teatro Solís se daba inicio oficial al Fin de Semana del Patrimonio. Poeta como siempre, Mauricio Rosencof expresó: «Si uno mira el óleo de los Treinta y Tres Orientales, se da cuenta de que si no estuvieran los afrodescendientes allí, serían 27 los orientales». Luego el acto transitó por el homenaje a aquellas personalidades del ambiente cultural y social que identifican de buena forma a toda la comunidad negra. Una decena de figuras fue distinguida, desde Rada al basquetbolista norteamericano Jeff Granger. «¿Por qué no se homenajea a la fallecida venezolana ‘Negra’ Johnson y se la ubica junto con las otras tres queridas negras, cuando sí se homenajea a Granger, que es de Estados Unidos? Johnson fue otro valuarte de nuestro candombe aunque fuera extranjera», dijeron algunas personas presentes.
A pura lonja
Lo cierto es que fuera del Solís otra era la historia. «Vos ponete acá y vamos con fuerza», le decía «Popeye» a sus compañeros de La Furia Candombera. Los tamborileros estaban tan dispuestos como el jefe de cuerda, el tan requerido Popeye, que intentaba agrupar a su comparsa. Con sus 30 tambores, Popeye fue muy claro en su mensaje: «Aunque llueva, nosotros salimos con todo».
La comparsa de Ituzaingó fue la que oficialmente le dio color y alegría a la fiesta desfilando por la Ciudad Vieja. Igual, algunas gotas de lluvia corregían el maquillaje de las bailarinas y provocaban sus quejas, a pesar del frío de la mañana, que poco importó luego de comenzada la improvisada llamada. Al final, y aunque el agua empapaba las lonjas, La Furia Candombera llegó hermosa hasta la Plaza Matriz, donde algunos vendedores ya resignados a la lluvia comenzaban a armar sus puestos. «Que no llueva más loco, que tenemos que laburar».
La peatonal Sarandí este año despertó al mediodía. En otras ediciones del Patrimonio, desde temprano los puestos estaban formados con artesanías, comida y ropa. «Hace cuatro años que vengo y éste parece ser el peor en ventas», dijo Ricardo, exhibiendo varias de sus artesanías. Vale aclarar que el artista vendía accesorios, pulseras, caravanas y piercings.
De vuelta al teatro
Volvamos al Teatro Solís, porque luego de que salió el sol la gente se animó a tomar las calles de la Ciudad Vieja. El Teatro Solís fue (como siempre) uno de los referentes más importantes. Sobre el escenario se armaba la escenografía de «El león ciego», próxima obra a exhibir. Un grupo de liceales recorría la tertulia y un niño correteaba entre los asientos de la platea. Un hombre alto, canoso, de impecable traje y corbata admiraba las luces y comparaba al Solís con el Teatro Colón de Buenos Aires. «Sí, señor, pero éste es nuestro Solís», dijo sonriente y con un poco de soberbia una de las gentiles guías del teatro.
La mañana fue pasando, el sol fue llegando y el agua sólo dejaba sus marcas en el asfalto. Un policía intentaba comunicarse con una pareja asiática que poco o nada entendía el español, para explicarle dónde estaba el puerto. El oficial decidió llevarlos: «Roberto, yo los voy a llevar al puerto, ¿me cubrís?», le dijo el primero a su compañero. El otro policía acompañó a los visitantes asiáticos.
La disposición de la Policía Turística y los guías fue absoluta. Durante toda la jornada la peatonal Sarandí se fue poblando de visitantes y de vendedores. Sobre la calle Sarandí se presentaban diversas muestras en las cuales se podía conocer desde el Club Uruguay, pasando por el Registro Civil y llegando hasta el puerto de nuestra ciudad. Varios ómnibus antiguos recorrían el casco antiguo. El Fin de Semana del Patrimonio comenzó en la Ciudad Vieja y desde allí pareció cambiar la escenografía de la ciudad, que como un gran teatro primero pintó el cielo de celeste, iluminó con el sol la tarde y la música la pusieron los tambores que hoy continuarán resonando en todo el país. *
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