LA LENGUA NO ES DE TRAPO

El lenguaje de los jóvenes

Que los idiomas sufren cambios, que evolucionan a través del tiempo (es lo que estudia la lingüística diacrónica, pa que sepas) es algo por todos conocido. Desde cambios ortográficos (se han eliminado tildes, ya no escribimos Quixote sino Quijote, etcétera) hasta cambios sintácticos (el uso de le por lo: le veo en vez de lo veo), pasando por cambios semánticos (el adjetivo álgido –que quiere decir «muy frío»– también puede usarse como sinónimo de culminante o incluso de «caliente»), nuestro idioma ha sufrido innumerables modificaciones desde que empezó a ser hablado por los rudos castellanos pastores de ganados en la Baja Edad Media.

Pero lo que llama más la atención es el lenguaje usado por los jóvenes de hoy, en el que se introducen voces nuevas y se altera profundamente la semántica de voces viejas. Veamos algún ejemplo.

Calcule cómo se sorprendería algún hispanohablante del siglo pasado al oír a un adolescente uruguayo de hoy decir que el libro que acaba de leer «está de más». El pobre pensaría seguramente que el libro en cuestión es inútil, que es innecesario, excesivo, que sobra, cuando en realidad el joven uruguayo no se propone expresar otra cosa que la excelencia. En efecto, en el curioso código semántico del joven uruguayo, «está de más» equivale a «es excelente».

Pero no crea el lector que dicha expresión agota allí sus acepciones. Para nada: «de más» también puede expresar algo muy agradable o placentero: «¡Qué de más, me saqué 9 en el parcial!»; «esta piscina está de más» o «los ravioles te quedaron de más».

Esta locución adverbial –que en rigor significa «de sobra» o «en demasía»– ha venido remplazando al adjetivo «bárbaro», últimamente ya en desuso, pero que fue usado no en su sentido literal de «no griego» o «individuo incivilizado perteneciente a alguna de las tribus que invadieron el imperio romano», ni en su acepción de inculto, falto de modales, bruto, cruel, etcétera, sino como sinónimo de excelente, buenísimo, qué bien, qué bueno, notable, etcétera.

–¿Y qué me dice, Pereira?

–Y qué quiere que le diga… que en esta incipiente primavera, cualquiera de estos calificativos pueden perfectamente bien aplicarse a la grapa, ¿no halla?

–¡Qué lo parió! *

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