La salud
Hay convicciones que perduran más que otras. Es ley de la vida y de la evolución del pensamiento crítico.
Siempre he creído que el Estado debe garantizar el acceso a la atención de la salud de todos los ciudadanos. A mi juicio, es indispensable un sistema público moderno y eficiente. No tengo objeción alguna acerca de un sistema privado, caso del histórico y muy deformado mutualismo uruguayo; eso sí, como valor agregado y para quien pueda pagarlo, porque, como postuló Maquiavelo de otras cosas, no obstante aplicable a ésta, «la finalidad de la existencia es el provecho».
Quienes defienden el proyecto de reforma de la salud coinciden, con matices, en que vamos hacia un objetivo emparentado con mi convicción. Debería alegrarme. Sin embargo, y aunque en la esencia de la cosa estoy de acuerdo, esos matices me ponen ante la cara una imagen difusa, angustiante y temida: ¿la carreta va delante de los bueyes?
El doctor Carlos Gómez Haedo, uno de los ideólogos de la reforma, ha dicho: «El centro va a ser el usuario (…) Por eso se enfatiza en el primer nivel de atención y en la prevención». El doctor Alvaro Vega, médico y diputado de la izquierda, aun de acuerdo con su colega, da por seguro, en cambio, que «habrá una enorme transferencia de recursos al sector privado, porque Salud Pública no previó fortalecer antes sus propios servicios».
¿Hay realmente una contradicción o un error? Quizás cuando el proyecto se abra a la discusión pública en el Parlamento yo pueda y me pongo en primera fila porque mi confusión es oceánica entender si se hará realidad esa idea de una sociedad cuya salud cuida cabalmente el Estado.
Luego de los corcoveos inducidos por la reforma tributaria, el gobierno no se puede equivocar en ésta.
Menos mal que hay tiempo de reflexión y ajustes, de no quedarse caprichosamente con lo que ya se tiene. Es lo que sugiere el humor: «Eso de que ‘hasta que la muerte nos separe’ ¿será una incitación al asesinato?». *
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