El Negro Barcino y la Rubia Polenta

La mañana del domingo iba sacando parte de la basura del fin semana; resacas de lujuria, de drogas y alcohol, de crímenes y delitos sin denunciar, contaminaban el aire fresco del nuevo día.

Todos guardamos siempre algo en la «caja negra», pensé, cuando me tope de frente con la situación mientras iba llegando a las viviendas de la calle Rosas Giffuni, bien frente a la parte de atrás de un conocido hotel de alta rotatividad paceño-pedrense.

De allí salieron sigilosamente por el portón de atrás y ella, sin despedirse, cruzó casi en tres saltos la calle de tierra para volver a su lecho, rubia gacela enamorada. El, un poco más retirado, quedó observando sus caderas como para estampar ese andar sensual en la memoria, caballero y Don Juan de una noche de primavera.

El sabandija del «Negro Barcino» ya le había echado el ojo, aquella vez cuando ella pasó y aromó las calles con esa fragancia inconfundible de hembra en celo.

La madrugada habría sido intensa, me dije, al ver llegar a la rubia, mal peinada y ya molesta con los primeros rayos de luz, cuando aún las flechas de Cupido humedecían de sangre fresca.

El lenguaje gestual alcanzó para detectar lo sombrío y misterioso de ese encuentro: ella llegaba con la culpa de tiro y él volvería la noche siguiente para repetir. Fue ahí en ese momento cuando alcancé ver esta historia apareciendo más de una vez por los escenarios de mi vida.

Y volví a consultarme –porque hablar con uno mismo no es tan de locos– a ver si podía recordar las veces que estuve en el lugar del «Negro Barcino», y si podía suponer cuántas otras me había tocado en desgracia ocupar el sitio de quien esperaba esa mañana a «La Rubia Polenta».

Me hice cargo de algunas traiciones y me hice víctima de otras. La conciencia, de todas formas estaba en paz y el corazón gozaba de plena armonía, aún en esos días

La mentira oculta a la traición en contante manipuleo, regido desde las malas o buenas intenciones de cualquier ser racional.

«El Negro Barcino» y «La Rubia Polenta» le ponen precio al pecado, cada mañana que el sol los descubre juntos, guardando las miserias en sus respectivas «cajas negras». *

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