La columna amarilla

Gruyère

Los cuarteles son una triste memoria nacional. Así lo quiso la repugnante dictadura que sufrimos. No creo necesario abundar sobre esa desagradable imagen, cuando la verdad y la justicia, trabajosamente, se van abriendo camino tras la ignominia y tantos años de ocultamiento.

En realidad, me quiero referir a otra idea de los cuarteles, ésa que uno tenía en su época de niño y que creyó, con sublime ingenuidad, que nunca cambiaría. Hablo de aquella suerte de escena donde todo lo que se movía era verde y todo lo que estaba quieto era blanco o, a lo más, color ladrillo. Uno miraba desde afuera y pensaba: ahí están los herederos de Artigas, que siempre defenderán a la patria. ¿Qué puede imperar ahí sino el orden, el respeto, la seguridad?

Luego de más veinte años de restaurada la democracia, y descubierto casi todo lo que hay que descubrir del horror que ocultaron, supuse que los cuarteles volverían a ser lo que fueron en mi infancia.

Pero no.

Sorprendentemente, como si la dictadura les hubiese aflojado los cimientos y el roedor aún rondase entre las sombras, hoy semejan un queso gruyère. Le aparecen agujeros por donde escapan cosas cual si tuviesen vida propia.

Armas, por ejemplo.

¡Por las zapatillas raídas de mi amigo Epifanio!

¡Armas robadas de un cuartel por los propios soldaditos! Armas que han ido al exterior, armas que se vinculan con el narcotráfico y otros delitos. Esas armas que, según me enseñaron en la escuela, eran un símbolo de la gesta libertadora, de los héroes que hicieron posible nuestra independencia.

No sé. Esto me ha descolocado. Y me taladra una idea atroz: que a los soldaditos ladrones les pase lo que al personaje de «Las armas miran atrás», una novela de Lajos Zilahy que narra la historia de un fabricante de armas al que fusilan con escopetas de su propia fábrica.

Claro, es un pensamiento impiadoso, indigno de quien, como yo, todavía quiere ser una buena persona.

¡Es que todo esto es tan horrible! *

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