JAVIER Y LUISA ALONSO: UN URUGUAYO Y UNA NICARAGÜENSE RADICADOS EN GINEBRA

Amor con sabor a exilio en la Suiza neutral

­Lo primero que se me ocurre preguntarles es cómo se explica que dos latinos ­y sobre todo una nicaragüense, con temperamento tropical­ se hayan acostumbrado a vivir en Suiza, un país de gente tan fría y tan estructurada.

 

Luisa: ­A todo se habitúa uno. Yo llegué a Ginebra con una beca para terminar mi especialidad. Y poco a poco vas encontrando cosas, descubriendo una cierta calidez, vas haciendo amigos…

 

Javier: ­Cuando uno deja su país, nada se le va a parecer; ni siquiera el país cuando uno vuelve. Entonces, cuando te ponés a comparar, ves que has aprendido mucho en el otro país. Y hay cosas que me gustan de Suiza; una de ellas es que la gente no se mete en todo. En cambio, aquí los uruguayos saben de todo, de cirugía neurológica, de política, de fútbol, de ingeniería mecánica, de cibernética…

 

A fines de agosto, la muerte de Angel Alonso ­padre de Javier­ los hizo venir al país por dos semanas. Angel fue amigo y ofició de chofer de Raúl Sendic cuando éste iba a Europa después de salir de la cárcel (ver recuadro 2). Pero también aprovecharon esa breve estadía para profundizar el contacto con el Hospital de Tacuarembó y su director, el doctor Ciro Ferreira. Porque tanto Luisa como Javier ejercen profesiones vinculadas con la salud.

 

Una nicaragüense en el  departamento de  patología clínica

Luisa es citóloga y trabaja en el diagnóstico del cáncer; esto está relacionado con la patología clínica y todo lo que se refiere al diagnóstico del cáncer a nivel celular (el Papanicolau, por ejemplo).

 

­¿Cómo surge el vínculo con el Hospital de Tacuarembó?

Luisa: ­Hace dos meses el director del Hospital de Tacuarembó y un equipo de médicos fueron a Ginebra, con motivo de la asamblea anual de la OMS. El hospital donde yo trabajo es público y de referencia para la OMS. Ellos estaban interesados en el departamento de patología clínica donde yo trabajo, porque en el Hospital de Tacuarembó se pone énfasis en el trabajo en citología, ya que esta disciplina está relacionada con la oncología.

Entonces ellos me contactaron y fue un placer recibirlos y mostrarles lo que hacemos y las posibilidades en el diagnóstico precoz. Fue una visita de intercambio, y fui invitada para aplicar el trabajo acá. Al mismo tiempo, se invitó a un joven del hospital de Tacuarembó para que fuera a formarse en mi instituto, porque yo también soy profesora de la Escuela Suiza de Citología, donde se forma personal para trabajar en el sistema público, no en el privado.

Estuvimos un día y medio visitando el Hospital de Tacuarembó y tuve una sorpresa extraordinaria, muy agradable por la capacitación y los recursos humanos de ese centro. Además, la planta física es de una calidad excepcional, siendo un hospital regional. Fue una experiencia enriquecedora, y quiero felicitar al sistema de salud pública de Uruguay y especialmente al Hospital de Tacuarembó y a su director, Ciro Ferreira. También a la doctora Jacqueline Gómez, la directora de Planificación Sanitaria del Hospital de Tacuarembó, una mujer extraordinaria y muy motivante, joven, dinámica. El Hospital de Tacuarembó ya es un hospital ejemplar, piloto, cuya experiencia puede extenderse a América Latina.

 

Un uruguayo con dos pasiones: la música y la psiquiatría

­¿Cómo fue tu experiencia de músico en Nicaragua?

Javier: ­Yo trabajé tres años en Nicaragua ­cuando Ernesto Cardenal era ministro de Cultura­ como consejero musical. Hicimos muchas peñas de solidaridad con los presos de acá y con la militancia contra la dictadura. En Nicaragua fue donde yo hice una cierta «carrera musical» ­porque en Nicaragua ser músico era una profesión­, del 81 al 83, en los comienzos del primer gobierno sandinista. Fue una experiencia muy interesante; los músicos vivíamos todos en una casa. En esa época, todo el mundo escribía, hasta el panadero, que le hacía poemas a Sandino. Llegaba a dejarnos el pan y nos dejaba un poema nuevo, y nos pedía: «Muchachos, éste lo hice anoche, ¿no le pueden poner música?». Y al otro día, cuando venía con el pan, le cantábamos la nueva canción.

También teníamos tareas más riesgosas. A veces teníamos que acompañar a un batallón al frente, donde estaba la contra… Ibamos a cantar ahí. De repente salíamos a las dos de la mañana y a las cuatro estábamos cantando, mientras todavía repicaban los disparos. Fue una experiencia muy rica. También me pasó que un día estaba dando una clase y llega un jeep de la Seguridad del Estado, se baja un soldado y me dice: «Me tenés que dar tu pasaporte».

Ahí se podía discutir, y yo le digo: «¿Y para qué querés mi pasaporte?». Me dice: «Mañana te vas de gira para Alemania con Fernando Cardenal y otros músicos».

Ensayamos en Panamá porque nunca habíamos tocado juntos, y al otro día, a las cuatro de la tarde, estábamos tocando en una plaza alemana frente a 12.000 estudiantes. Era increíble el grado de participación que daba la revolución nicaragüense. Y así hicimos unas quince giras dando recitales todos los días, y después del espectáculo nos quedábamos a hablar con la gente que nos hacía preguntas sobre la revolución.

 

Una alternativa a la  internación psiquiátrica

Además de músico, Javier es educador especializado en psiquiatría, una carrera técnica que, al parecer, no existe en Uruguay. De ahí la dificultad para trabajar aquí, porque en nuestro país o se es psiquiatra o se es psicólogo.

­¿En qué consiste tu profesión de educador especializado en psiquiatría?

Javier: ­Después de volver de Nicaragua empecé a trabajar en colonias de vacaciones, con refugiados, y luego arranqué con la psiquiatría, primero con enfermos de alzheimer, y después con psiquiatría de adultos, que es lo que estoy haciendo ahora. Trabajo en una fundación que organiza y regentea lugares de residencia para enfermos psiquiátricos. A partir de un estudio que se hizo en el 97 sobre el estado de la psiquiatría en Ginebra (se la consideraba el pariente pobre de la medicina), se logró una radiografía de la realidad. Allí se descubrió que el enfermo crónico tiene tendencia a domiciliarse en el hospital, lo que cuesta algo así como 1.200 dólares por día. Lo que no había era estructura intermedia: o en el hospital o en la casa. Además, faltaban unas 215 camas.

Esta fundación, que se creó en el año 99, resolvió en dos años problemas que se arrastraban desde hacía 20. A partir de ese estudio, el gobierno legisló en la materia y puso los créditos para esta fundación, de manera que los administre y vaya abriendo lugares pequeños (no más de doce personas), dentro de la ciudad o en barrios aledaños, con personal suficiente para encargarse de las tareas cotidianas.

Para poner un ejemplo concreto, en nuestro hogar tenemos diferentes tipos de patologías. Todo lo referente a los aprendizajes básicos (higiene corporal, lavar la ropa, plancharla, hacerse de comer) y todo lo vinculado a una futura autonomía lo trabajamos nosotros, en el nivel pedagógico. Todo lo que va en el sentido de lo que es la medicación y el tratamiento médico se lleva a consulta externa. Cuando los elementos pedagógicos no son suficientes porque hay una intervención de la enfermedad que es muy aguda, la persona se queda en el hogar pero tiene un tratamiento más ceñido en la consulta psiquiátrica. Nosotros garantizamos que la gente siga el tratamiento y tome la medicación, y esto es muy importante porque más del 50 por ciento de las recaídas en psiquiatría están dadas porque la gente se siente mejor y abandona el tratamiento. El problema es que cuando la enfermedad vuelve a manifestarse, el sufrimiento es enorme.

A veces hay problemas porque la gente se resiste a seguir el tratamiento, porque cree que es injust
o, porque niega su enfermedad. Al principio, cuando empezamos con la casa, teníamos reuniones semanales de dos a tres horas para resolver quién iba a lavar los platos, qué día y a qué hora.

Hoy en día tenemos una planificación de la semana que la administran ellos; cuando hay que hacer un cambio también lo resuelven entre ellos. Toda la tarea de organización de la casa que cumplíamos nosotros la hemos ido pasando paulatinamente a los pacientes, de modo de darles responsabilidad y autonomía. Hay que tener en cuenta que la persona no es solamente su enfermedad: es alguien que sufre la enfermedad. Es una distinción muy importante para nuestra tarea, porque si no nos quedamos nada más que en los aspectos médicos, y esas patologías tienen un grado de contención social no medicalizada.

 

­Y todo ese trabajo, ¿en qué corriente se sustenta, en el conductismo?

­Hay dos o tres elementos importantes. Hay una parte cognitivo-comportamental. Una cosa son las actitudes, que es lo que resuelve lo cognitivo-comportamental: hacerle tomar conciencia al enfermo de por qué reacciona de tal manera. Para eso tenemos las cadenas comportamentales, esto es, a partir de la crisis, reflexionamos con el paciente sobre cuáles son los elementos que vinieron adicionándose para llegar a la explosión. De este modo, el paciente puede llegar a darse cuenta de cuándo está por entrar en crisis.

Esa es una parte. También le preguntamos al paciente que ingresa si conoce cuáles son los elementos precursores de una crisis, y así sabemos nosotros cuándo se está preparando el «ciclón»; en ese caso, estamos más tiempo con esa persona, hablamos más con ella, le damos espacio para que hable de sus sentimientos.

La persona sabe que el «ciclón» termina en el hospital, y ese es uno de los grandes miedos del paciente psiquiátrico, el terminar internado. Entonces, se trata de darle confianza de que puede hacer una crisis en un lugar donde hay educadores, donde hay técnicos que van a saber contener la crisis y que no lo van a meter en una ambulancia para llevarlo al hospital (siempre y cuando sea posible).

En definitiva, se trata de detectar precozmente cuándo se avecina una crisis y poder resolverla antes de que estalle sin llegar a la internación; que el hospital sea un recurso excepcional y transitorio. Hay cosas que las crea la misma soledad de la gente: el no tener un marco u otra persona con la cual relacionarse para poder canalizar toda esa energía emotiva que viene de adentro como un volcán.

 

­¿Has abandonado la música?

­No, porque estoy haciendo una formación de músico terapeuta. Ya tengo un taller de expresión sonora que funciona desde hace tres años. Es otra forma de bajar las tensiones y de que la gente pueda expresarse de forma no verbal, porque el verbo pasa por todos los filtros del cerebro y las emociones lo sienten.

La música, la pintura, el arte en general son formas que cuando se practican contribuyen al bienestar del paciente de manera directa. Y después de visitar el Hospital de Tacuarembó, estamos viendo la posibilidad de trasladar la experiencia de los hogares al Uruguay, de manera de reducir las hospitalizaciones. Es más económico y más eficaz. *

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