Los capitales de la droga
«En el capitalismo el problema no son los negociados: son los negocios».
(Sendic)
Han vuelto a danzar en la prensa las siderales sumas de dinero que, según serias estimaciones, mueve el tráfico de drogas: dos mil millones de millones de dólares. Un dos seguido por quince ceros. A ese nivel poco importa un cero más o menos. Dejando de lado esos cálculos, es cierto que dicho negocio ocupa el primer lugar en final de bandera verde con el del tráfico clandestino de armas.
En oportunidad de la captura de media tonelada de cocaína en una estancia del departamento de Salto nos habíamos referido al tema: evidencia un alto nivel cuantitativo de consumidores y es bueno, por ello, poner la mirada no sólo en los traficantes y su cuantiosa ingeniería empresarial y financiera sino en la otra punta de la cadena: sus clientes.
Ninguna mercadería puede subir a tales cifras de venta si no tiene como destino una tan numerosa clientela.
Cuando no se mira para esa «punta» del asunto, se cae en crasa hipocresía. Y en el tratamiento de este tema esa escora es harto evidente: parecería que los traficantes le venden droga a nadie.
Como todos muy bien sabemos, los drogadictos de esas y otras drogas (alcohol, tabaco, ciertos fármacos…) somos también senadores, científicos, docentes, gobernantes, empresarios, jueces, y, en fin, gentes de todas las profesiones y estamentos sociales.
Dijimos también si no estará llegando por fin la hora de legalizar ese comercio como se han ido legalizando otros antes prohibidos: la prostitución, los juegos de azar, etcétera.
Porque los gastos materiales y de todo otro tipo en que debe incurrir la sociedad para combatir lo que prohíbe son tan altos que parece no justificarse tanto esfuerzo y sacrificio por tratar de impedir inútilmente que gran parte de esa misma sociedad consuma lo que desea.
Pero hoy queríamos detenernos en otra consideración al respecto. Hay quienes analizando muy superficialmente el asunto creen que ese fabuloso capital acumulado y que se sigue acumulando, de origen criminal, se sigue invirtiendo en dicho negocio.
Nada más errado: cifras tan colosales son invertidas en negocios legales. El «capital de giro» o de «explotación» de la gallina de los huevos de oro es muchísimo más pequeño y suficiente. Cuando hablamos, discutimos y trabajamos sobre el lavado de dinero nos estamos refiriendo justamente a eso: un dinero «sucio» que debe pasar por la lavadora para invertirse, con toda blancura, en negocios lícitos. Los grandes traficantes no quieren ni requieren tanto dinero para comer ni para guardarlo en el colchón. Ni siquiera para darle continuidad y mejorar su tráfico.
Don Vito Corleone, El Padrino en la famosa novela del mismo nombre, ambicionaba que su hijo preferido (Michel), luego de una educación en los mejores colegios de Estados Unidos fuera héroe de guerra, gran empresario legal y, por fin, senador. Y, obviamente, que fuera millonario, honrado y honroso, con su descendencia, por toda la eternidad. Que jamás se contaminara con las actividades mafiosas de su «familia». Para eso, según él, valió la pena tanto sacrificio.
Esa colosal montaña de dinero a la que nos venimos refiriendo va a parar forzosa, fatal e inexorablemente a uno de los primeros diez bancos más prestigiosos e impecables del planeta. No puede ir a ningún otro lado tarde o temprano y más temprano que tarde.
Salido del consumidor vuelve al circuito financiero capitalista en forma de acciones, empresas del mayor prestigio, compra de tierras, universidades, patentes y toda la demás parafernalia de la civilización en la que vivimos. No emigra a Saturno. Elige gobiernos en sus tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Produce arte. Maneja poderosos órganos mundiales de prensa.
Como cualquier otro gran negocio.
En realidad toda la acumulación primitiva de capital que diera origen al capitalismo, en su mayor medida, provino de la piratería, el saqueo y el vandalismo. Las guerras, colonizaciones e imperialismos de toda gama no se hicieron por deporte.
El más grande pirata inglés, o sea el más grande pirata, terminó lord justamente por haberlo sido.
La Historia la escriben los vencedores. Además la hacen y deshacen.
Si se legalizara el comercio de las drogas surgirán públicamente grandes multinacionales en todo similares a las que ya conocemos, en especial las vinculadas a la industria del tabaco y a la del alcohol. Pagarán impuestos, organizarán seminarios, tendrán fundaciones prestigiosas (culturales y humanitarias), financiarán investigaciones científicas, gastarán poderosas agencias de publicidad y jóvenes ejecutivos muy bien perfumados y vestidos, gerencias de grandísimo prestigio social, cotizarán en bolsa. Sus dueños muy probablemente serán los traficantes que hoy tienen captura o están presos. Devendrán de gusanos a mariposas como en cualquier otra metamorfosis de la naturaleza y para ello bastará un papel común y corriente con tres frases a modo de Ley. Hasta recibirán rendidos homenajes. Eso sí: bajará el precio de esa mercadería porque ya no contendrá el valor «riesgo». Tal vez deje de ser un tan espléndido negocio y por ende tenga menos influencia política nacional e internacional que una multinacional del chocolate, por lo que perderá apoyos invalorables. Descenderá el consumo de alcohol, tabaco y otros fármacos de similar efecto, por lo que las respectivas multinacionales de esos tres rubros deben mirar con muy mala intención la idea que venimos exponiendo… No es muy errado sospechar que serán junto a los cuáqueros la vanguardia movilizada, movilizadora y financiadora de la más grande resistencia a esta legalización. Por altruismo…
Tabaré Vázquez se las verá en figurillas para prohibir oler o chupar cocaína en los boliches… Y los inspectores de tránsito deberán ir acompañados por un laboratorio de análisis rodante.
Igual que ahora: por lo menos hasta que de una vez por todas se haga, en materia de tránsito, lo que se debe: prohibir el uso de los autos a ciertas horas, en ciertos lugares y en las cercanías de los niños. Fuman mucho más que todos nosotros y nos hacen respirar lo que fuman en lugares públicos. Amén de otros grandísimos daños, como por ejemplo el calentamiento global. Parece mentira que ni los médicos intenten prohibir o por lo menos limitar la principal causa de muerte juvenil en Uruguay. Ni siquiera proponen prohibir los paragolpes, ese agresivo instrumento contra todos los demás con el que vienen munidos de fábrica para su debida protección blindada. En eso la hipocresía colectiva supera largamente la referida al consumo de drogas. Es increíble oír a los automovilistas protestar contra los caballos de los carritos en Montevideo… Manejan el principal instrumento de muerte juvenil y se quejan de los equinos que trabajan… *
(*) Senador nacional. Escritor
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