El contenedor

Vuelve a la memoria, recurrente, el cuento que el senador Larrañaga hiciera en la televisión (Canal 10, programa de Gerardo Sotelo) hace unas semanas:

Un pescador sentado en el muelle tenía dos canastas con cangrejos para carnada. El infaltable curioso preguntó por qué una de ellas estaba herméticamente cerrada y la otra abierta.

Muy sencillo ­contestó el pescador­, la cerrada tiene cangrejos europeos: si la abro se escapan. La que está abierta tiene cangrejos uruguayos: cuando uno quiere irse los otros lo tiran para abajo.

Preferimos usar la imagen del contemporáneo contenedor municipal de basura: su presencia en nuestras calles ya forma parte del paisaje montevideano. Lamentablemente acompañada por la de los hurgadores de basura, que también forman parte inseparable de nuestro dibujo urbano.

Hombres, mujeres, niños, perros, caballos, bicicletas, carros y carritos de todo tipo y la nueva herramienta, dechado de la tecnología nacional: el gancho para hurgar. Los hay (ganchos) muy variados sobre el modelo clásico: sin mango, con mango de madera, de trapo, de papel… Diversas mejoras para hacer más eficiente y confortable la herramienta que da de comer a miles de familias uruguayas que viven de eso: la basura.

Podemos verlos también, de cabeza en el contenedor, las piernas colgando, gracias a otro avance de la tecnología nacional: el palito, con la medida justa y las ranuras adecuadas que, mientras tanto, mantiene abierta la tapa para mejor comodidad en el trabajo.

Los hay que se meten de cuerpo entero, directamente en el contenedor, y también hay quienes allí pasan la noche de invierno durmiendo…

No cabe duda: los contenedores han sido todo un avance. El progreso propiamente dicho.

Los demás los miramos sin verlos de tan acostumbrados que estamos y, cuando a veces nos detenemos un instante mental a reflexionar, agradecemos al Destino, a la Suerte o a Dios que ni nosotros ni nuestros hijos tengamos que sobrevivir de ese modo.

Nos parece lejano, ajeno, distinto a nosotros. Como cualquier otra desgracia o infortunio que, siempre estamos totalmente seguros, nunca nos tocará a nosotros. Por ejemplo los accidentes automovilísticos o ciertas crueles enfermedades.

Sin embargo, sospecho que no solamente estamos profundamente equivocados en cuanto a nuestra inmunidad al respecto sino, lo que es peor, no nos damos cuenta de que, sin herramientas ni carritos, hace un tiempo que la mayoría hurgamos basura y vivimos en un asentamiento marginal disfrazado. En un tugurio de dimensión nacional.

Herederos de una cierta bonanza (que nunca fue para todos) brindada por nuestros paupérrimos padres y madres inmigrantes huidos de hondas miserias, que gracias a su trabajo nos hicieron vivir una vida mejor que la de ellos, no anotamos debidamente que a nuestros hijos les hicimos vivir una vida peor que la nuestra y que por eso se nos fueron y se nos van por el mismo camino que trajo a sus abuelos.

Tampoco anotamos que la herencia se acabó. Hace ya mucho que fue dilapidada. Y, tal vez por la vida vivida o la educación recibida, sólo nos quedaron los papelitos que enaltecemos y abrillantamos con ciertas fiestas, ropas y perfumería barata.

Quisimos seguir siendo la Suiza de América; luego sólo nos interesó parecerlo y, cuando por fin llegamos más o menos a los alrededores de Haití (vaya dicho con el mayor de los respetos), no queremos saberlo. No nos gusta averiguarlo. Preferimos la ciencia del avestruz y, con la mitad de nuestros niños en la pobreza, de nuestros trabajadores ganando menos de doscientos dólares, siete mil presos hacinados, casi cien mil niños abandonados, imitamos patéticamente, de vez en cuando, a los países ricos. Nos disfrazamos de lo que no somos.

Pero lo peor ni siquiera es eso. Lo peor no es la miseria material.

El daño más grave que sufrimos y padecemos acampó en el cerebro. Por lo menos en el de algunos. No pocos. Que nos contagian.

Allí casi todos somos o pasamos a ser cangrejos uruguayos o, mejor dicho, pésimos hurgadores de basura.

Andamos por la vida con el gancho al hombro. Para defensa o ataque. Con el palito para la tapa y las piernas colgando. Disputando afiebradamente a ganchazo limpio una pilcha vieja, ciertos cartones de subido valor, botellas de vidrio, pedazos roídos de mortadela…

Vivimos adentro de un contenedor. Pero del peor modo: porque nos gusta y, en el mejor de los casos, porque nos meten y somos tan necios, que a menudo entramos solos.

Se ha puesto de gran moda: la técnica consiste en espolvorear desde el contenedor hacia el barrio y zonas aledañas, variada y nutrida cantidad de insultos, imputaciones, agravios, agresiones, bajezas… Que tienen, como el mitológico canto de las sirenas, un atractivo fatal.

Quienes han salido por fin del contenedor, quienes quieren respirar aire libre, trabajar de cara al cielo, al mundo, y al futuro son, por definición, los peores enemigos inocentes de quienes se dedican al internismo, a las pujas secundarias, minúsculas, mezquinas. Estos burócratas no pueden soportar brisas ni vientos, ni el contacto directo con la vida, ni menos los hombres y mujeres libres.

La cangrejada de canasta no soporta cangrejos ni cangrejas que se reproducen en juncales, orillas y rocas al amanecer. No los quieren dejar trabajar en sueños grandes.

Entonces vaporizan inmundicias denigrantes; garúan insultos; hacen llover torrenciales chaparrones de saliva fraudulenta; venenos fallutos; traiciones…

Todo con tal de ser tenidos en cuenta y meter en el contenedor que habitan a todos los demás. Porque la capacidad de su intelecto y su vida, la de su envidia y resentimiento, sólo tiene el alcance de esas cuatro paredes de material plástico. Y les gusta que no sólo ellos sino todos anden también a los ganchazos.

El testimonio de la libertad les resulta insoportable. Sólo eso: el testimonio. Adocenados por el alpiste de la jaula odian, piando, con un odio reconcentrado, a los pájaros que pasan volando.

Le son una dura acusación con alas: ante el mundo y su propia conciencia.

Y muchas veces logran el objetivo perseguido: encarcelan entre la basura de su contenedor a los libres. Impiden obras. Sabotean creaciones. Dinamitan trabajos.

Hagamos votos y una gran convocatoria a toda la ciudadanía y en especial a los militantes, para que no caigan en esa evidente trampa reaccionaria. *

(*) Senador nacional. Escritor.

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