ESCRIBIR UN LIBRO, PLANTAR UN ARBOL Y TENER UN HIJO

El juez penal que se reencontró con la escritura

Ejercer en nuestro país la profesión de juez penal fue definido como una «tarea árida» por Gustavo Mirabal Bentos, actual juez en lo Contencioso Administrativo que durante muchos años se desempeñó en aquella actividad.

Convivir diariamente con la muerte y con las injusticias que causa la mala gestión estatal lo llevaron a buscar una vía de escape. La escritura fue un modo de descarga que reencontró, ya que desde chico le gustaba escribir, pero durante un largo período de años dejó a un lado uno de sus pasatiempos preferidos.

«Nuestro Estado toma de una manera irresponsable lo penal, porque tenés quince o veinte minutos, no más, para resolver una situación y puede que además lleves 48 horas sin dormir porque estás de turno», comentó Mirabal. Luego agregó que el proceso penal «se tendría que tomar más a pecho», porque de lo contrario «genera inseguridad y carga de culpa al propio juez».

Personajes y situaciones que observa al ejercer la tarea de juez inspiran su escritura, aunque también deja un importante lugar a la imaginación en sus creaciones narrativas.

«Sin la palabra del adiós» fue editado a mediados de año. La obra, que en el 2004 obtuvo el segundo Premio Anual de Narrativa Inédita del Ministerio de Educación y Cultura (MEC), conjuga personajes de la vida real y otros imaginados, que se desenvuelven en el barrio Maroñas, pero de antes.

Si bien en la novela participan varios personajes, para el autor «hay uno solo, Inés», una mujer que describió como «inteligente» y «con mucha calle», aunque «con una vida compleja». El resto de los personajes de la obra «son un soporte para que Inés exista», explicó. Mirabal comentó que le resultó más fácil escribir a Inés que a la figura masculina que está muy próximo a ella -Juan Carlos-, quien de alguna manera describe lo que le ocurre a Inés.

 

Incipiente inspiración

En el libro «Sin la palabra del adiós» «se deja ver un poco de nostalgia», dijo el autor. «En parte debe ser por estar cerca de los cincuenta, y supongo que debe tener que ver también con eso de escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo…», reflexionó en voz alta.

Agregó que, de alguna manera, ésta era un forma de dejar una «marca», porque «uno no se quiere morir, y para eso hay que dejar cosas, marcas».

Pero la veta de escritura nació cuando tenía ocho o nueve años, luego de leer «Corazón», de Edmundo de Amicis, libro que definió como «el más nostálgico y lacrimógeno» que existe. Antes de terminar ese libro ya estaba escribiendo su propio texto.

Durante la adolescencia intentó ser letrista de rock and roll, pero se dio cuenta de que era más complicado de lo imaginado. Luego se dedicó, junto a un amigo, a la escritura de textos basados en el humor del absurdo. En el año 1976 su escritura adquirió un tinte «profesional».

«Estaba en la ruina económica y el programa de radio de Ruben Castillo sacó ‘Cuentos para Oír’. Si leían tu cuento al aire te pagaban», recordó. De los cuentos enviados por Mirabal seleccionaron muchos, por lo que empezó a cobrar algo de dinero. «Pero te digo que me hice profesional porque me empecé a dar cuenta de cuáles eran los cuentos que tenían suerte para ser leídos. Entonces cambié el estilo y dejé de escribir como yo quería, porque calculaba qué querían escuchar», comentó entusiasmado el entrevistado. Cuando comenzó a cumplir un horario fijo de trabajo, abandonó la escritura y, a mediados de la década del noventa, cuando trabajó en el interior del país, aprovechaba sus ratos libres para escribir. Gustavo Mirabal desconoce el paradero de muchos de sus cuentos y ha escrito otros tantos que nunca serán mostrados. Contó que escribió otra novela, a la que definió como «densa», pero aclaró que eso no significa que es un texto «aburrido», sino que quien lo lea «deberá gastar calorías en desentrañar lo que allí está escrito, porque hay mucho contenido en muy poco espacio».

 

Tirar un libro al pozo

Si bien para Mirabal la escritura es una forma de descarga, considera que una vez que la gente lee sus cuentos ocurre algo que describe a través de una cita de Vaz Ferreira: «Un libro es terrible, porque es como tirarlo a un pozo».

«Escribís el libro pero no recibís nada a cambio; no hay devolución, nadie te comenta nada. Vos no sabes qué pasó: si es bueno, malo o regular», explicó ansioso. Sin embargo, al mismo tiempo admitió que, cuando le llegan comentarios, nunca está seguro de que le digan la verdad. *

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