Olor a mierda
Ayer por la mañana me apresté a caminar por la calle Colonia, desde Río Branco hasta Arenal Grande, acompañado por un lívido sol de todos modos estimulante y por una humedad un poco excesiva. Estaba lindo para un sereno ejercicio pedestre, liberado de las habituales tensiones que nos imponen la reforma tributaria, la desesperación de los interpelantes, la inflación y los anestesistas.
¡Cuánto tiempo que no lo hacía!
Este tipo de recorridos a pie fue hasta ahora uno de los placeres que sólo esta ciudad despareja, de urbanización y arquitectura cambiantes, con cierto encanto melancólico, puede reservar a sus habitantes. Los gozos y las sombras iban entonces sorprendiendo al caminante, mientras acortaba la ruta a su destino en medio de una populación varia y desordenada de automóviles y gentes, de ruidos y silencios, de brisas y sofocamiento, de estrechas veredas de baldosas desparejas y vidrieras multicolores de invitación perenne.
O sea un placer, casi una bienaventuranza.
Hasta ahora, dije.
Porque esta vez fue un padecimiento. Descendí al infierno del Dante, cara a cara con Satanás.
Durante toda mi caminata, que al final, a riesgo de un infarto cerebral masivo, elevé hasta el trote, me inundó un irresistible, desquiciante olor a mierda que iba y volvía, a cada paso más intenso, envolviéndome como una boa que constreñía mis fosas nasales y me ahogaba sin remedio.
Pronto advertí las señales inequívocas del origen de aquel espanto: cagadas de caballos por aquí y por allá, con pequeñas zonas raramente inmunes, como oasis, y muchas otras atestadas de las deposiciones equinas, ya frescas, ya horriblemente aplastadas por los vehículos y por -¡oh, horror!- inadvertidos transeúntes.
Los carros de los hurgadores están convirtiendo a Montevideo en una gran mierda, en una montaña de bosta con la que amanecemos siempre. Es una mierda fiel, infaltable…, ¿inmortal?
¿Cuál es la solución? ¿Usar escafandras?
Aguardo respuesta. Encerrado.
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