Hugo y Luis
Esta es la historia de dos que quieren ser «el patrón de la vereda».
Hugo es cetrino, voluminoso y anda a paso militar pues se crió en un cuartel. Aunque no se menea, desfila, ¡cuánta simpatía gasta! Tiene ojitos pícaros, a cuyo fondo dicen los que pinchan globos nadie sabe qué hay. Es socialista eufórico; un valiente plantado ante el imperio más grande de la tierra. Aunque nadie acredita que ese sea su natural, ya que le vende por millones de dólares a tal imperio, tampoco se le discute; a fuerza de tiempo hablando y hablando ha logrado ser visto como un progresista. Le sobran el petróleo y el gas y los ofrece, a cada minuto con un proyecto nuevo, con una idea que se monta en la anterior, y en la otra, y en la primera. Convence, casi, y conmueve, sí, pero no tanto como Simón Bolívar cuando echa a los españoles, ni como Rómulo Gallegos cuando escribe «Doña Bárbara».
Pero Hugo ya no disimula su pretensión.
Luis es retacón, porta barba y le ha engrosado la panza, pero camina con un cimbreo de playa soleada. Da un paso y una orden; otro y saca a un ministro; otro más y sube al avión para abrir negocios y promesas ¡sin aspiración de hegemonía, por favor!, aunque a veces propina alguna enjabonadura, no sea cosa que se olvide quién es quién. También socialista, no lo pregona; se crió en una fábrica y su pragmatismo para tejer armonías con Bush y los europeos lo lleva, como cucarda, en gruesos dedos rajados de tanta metalurgia acumulada. Se afirma que fuma en una garrafa, que, como en el tango, «tiene odios que nunca los dice», y que prefiere el visteo del apostador astuto a la verbosidad que fascina y más tarde enreda. Ni hablar de petróleo o gas; su objetivo es el etanol. Convence, casi, y conmueve, sí, pero no tanto como Robinho cuando desinfla la pelota ni como Caetano Velhoso cuando canta «Fina estampa».
Luis no demuestra lo que quiere, pero uno lo imagina.
La pregunta del millón es: ¿podremos quedarnos en el medio? *
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