El escrache
Escrachar es un neologismo que proviene del lunfardo y que se ha derramado, con inusitada fuerza, en tiempos recientes, sobre el habla popular.
Significa dejar en evidencia, o exponer públicamente, a quienes han hecho algo en perjuicio de los demás.
¡Grande, el lunfardo! ¡Qué poder de síntesis, qué claridad conceptual! Si hasta lo predica un verboso ministro, ¿cómo huir de la tentación de usarlo para reflexionar acerca de una reciente sentencia suya?
José Mujica, que está con el ataque de que el buyón le llegue como se debe al shomerío, y tras junar el embole con detenimiento, ha embrocado a los carniceros como los chantapufis que hacen pasar pecho cruzado por el asadito de tira baratieri. Y lo ha hecho robrenca, con esa pintusa de embalado estrilero que a veces se le fuga.
Claro, los que te jedi, de gorrito blanco y cuchillo afilado, no se abatataron, sintiendo el quemo por un orsai que reclaman mal cobrado. Baten que el grupo viene de los frigoríficos, que mantienen su prontuario bien a la gurda sobreadores.
¿Y nosotros, la gilada? Arrebezados, no aguantiñamos más el batuque y queremos emboquillar al primer punto boleado. Ya estamos en el apronte para darle un viento y dejarlo en bombo.
Creo que Mujica, otra vez, armó flor de merengue. Sobre el pucho le vendría bien una relache para retomar su clásica tapín de pierna. ¡Qué necesidad de amasijarse por amarrocar a los longipietros equivocados, o por emberretinarse en dar el cazote que, de ser preciso y justo, es tarea del propio mistonguelaje que siente gemir a su bursarda y a su shuca o a su grilo. La batida debe venir de ahí, no del nobiergo.
A él le queda el visteo. Y un trecho largo a patear y unos cuantos datos posta antes de encanastar a nadie.
¿Y si tocó espiante, Pepe? ¡Araca si un lavandaro lo deja, al bardo, como un logi cirquero!
Mirá si de puro berretín no puede salir picando y la realidad lo escracha, por no campanear un poco más, con la popa en el vereda. *
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