LOBIZON: LAS BODAS DE PLATA DE UN BOLICHE EMBLEMATICO

Veinticinco años de licantropía fraternal

Ya desde su apertura, el Lobizón fue punto de encuentro de la gente de la noche, en una época en que la noche de la dictadura todavía se resistía a dejar asomar el sol. Y se convirtió, casi sin proponérselo, en un refugio opositor, un ámbito cálido donde confraternizar entre vinos y gramajos, entre milanesas y grapas, entre whiskies y papas fritas, entre churrascos a caballo y cazuelas que calientan el cuerpo y el alma.

Recuerdo que aquella noche de hace 25 años, entre otras celebridades se hallaban presentes Juan Capagorry, Enrique Estrázulas, Ignacio Suárez, Gervasio Guillot (futuro ministro de la SCJ a la sazón destituido), Pablito Estramín, Gabriel Peluffo (actual director del Museo Blanes y creador del logotipo que sigue identificando al boliche), Larbanois & Carrero, Carlitos Mendive, Eduardo Darnauchans; gente de teatro, escritores, plásticos, periodistas e ignotos protagonistas de la bohemia montevideana.

El Lobizón fue pionero en la práctica de realizar exposiciones. La primera de ellas nos reveló la faceta de dibujante de Capita, con obras llenas de humor, como no podía ser de otra manera. También expuso sus dibujos el reconocido psiquiatra Jorge Galeano Muñoz. Pero creo que el punto culminante fue la muestra de pinturas de Manolo Lima.

Entre una y otra reuniones clandestinas, solía pasar a tomarse un cafecito el Pepe D’Elía, acompañado a veces por Víctor Vaillant. Otro asiduo comensal a la hora del almuerzo era Luis Brezzo, quien ocuparía luego cargos de relevancia bajo el gobierno de Sanguinetti.

En su primera época, el Lobizón tuvo visitantes ilustres: supieron cenar allí Horacio Ferrer junto a Héctor Stampone; otra noche fueron Aquiles Fabregat y Tabaré Gómez, que dejaron un poema ilustrado sobre un mantel de papel. Otro que dejó dibujado sobre un mantel a uno de sus más caros personajes fue el Negro Fontanarrosa: Inodoro Pereyra levanta la copa a la salud de «los amigos del Lobizón» ante el asombro del perro Mendieta que lo expresa mediante su célebre «¡Qué lo parió!».

Ese mismo año de la inauguración, el último domingo de noviembre, el Lobizón fue el lugar apropiado para celebrar la derrota de los sectores pro régimen de los partidos tradicionales, el triunfo del wilsonismo y la buena cosecha de votos en blanco en ocasión de realizarse las elecciones internas de acuerdo con el cronograma diseñado por la dictadura.

Después de algunos contratiempos, de cierres y mudanzas, el Lobizón resurge, cada vez con más ímpetu, para brindar su cocina, sus bebidas y su calidez fraternal.

¡Larga vida al Lobizón! *

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