Escrito por: RAFAEL MICHELINI (*)
El fideicomiso es un concepto jurídico que proviene del Derecho Romano, pero que adquirió mayor vigor práctico hace más de 900 años, allá en Inglaterra. Los ingleses, cuando no. Consagra la forma en que, el o los propietarios, pueden encargar la administración de determinado patrimonio a un representante legal, designando de antemano quienes serán y en qué porcentaje los beneficiarios de las rentas que se obtengan.
La historia nos cuenta que cuando el señor feudal iba a la guerra sus principales preocupaciones, además de su propio cuello, eran cómo cubrir las necesidades de su familia y el cuidado de su patrimonio durante su ausencia. Los hijos varones menores no estaban habilitados legalmente para manejar los bienes, y la esposa era objeto de un impedimento un tanto más radical: en aquel tiempo las mujeres no tenían derecho a nada. Así apareció el fideicomiso, que cesaba cuando el señor regresaba al hogar o cuando su primer hijo varón alcanzaba la mayoría de edad y estaba en condiciones de liderar los negocios de la familia. Para la mujer, las cosas eran muy distintas, nunca podría asumir ninguna responsabilidad en la materia.
Imagínense la condición de la mujer en aquella época. No podía decidir su destino, ni poseer bienes, ni ser dueña de su dinero. Ni siquiera en caso de ausencia de su esposo estaba habilitada para administrar sus recursos. Para esa mujer, su historia era su continua dependencia. De niña, su vida dependía de su padre, luego de su marido, más tarde de sus hijos varones y en tiempos de guerra, dependía del o los administradores del fideicomiso.
Imagínense no tener derechos, ni ser sujeto de derecho, no tener nada. Al momento de nacer, el sexo determinaba totalmente sus posibilidades y oportunidades. Alguien me dirá que se trata de un pasado lejano, que de aquella época hasta hoy ha pasado mucha agua bajo el puente. Que basta observar en nuestra actualidad lo mucho que la mujer ha avanzado en la conquista de sus derechos.
Es cierto, pero no son todas rosas ni las espinas están sólo en el pasado. Póngase cualquiera de ustedes en el lugar de millones de mujeres contemporáneas, que habitan en vastas regiones de Asia y Africa, donde, por cierto, aún padecen sometimiento y degradación. Sin ir tan lejos podemos observar nuestra realidad latinoamericana y ver claramente la discriminación de la que son objeto. O podemos incluso examinar las cifras de uruguayas asesinadas, producto de la denominada “violencia domestica”.
Los derechos de la mujer tienen un rezago histórico con respecto a los derechos de los hombres. Los avances conseguidos han sido forjados en la lucha, a puro valor. Las mujeres se han abierto camino a la fuerza; frecuentemente solas y han pagado un alto precio en soledad e incomprensión. A los hombres en sus luchas, en sus conquistas, se los ve como héroes. A las mujeres, en las mismas causas se las ha descalificado tratándolas de raras, brujas o impertinentes.
Los derechos que han conseguido los hombres no los lograron solos, sin embargo, difícilmente se han trasladado a la mujer sin que esta peleara para obtenerlos. La equiparación, en muchos casos, ha demorado cincuenta años o más, y en otros, todavía se encuentra pendiente. El divorcio en Chile, a modo de ejemplo, tiene muy pocos años de aprobado.
Conozcamos nuestra propia historia. En el Uruguay, el derecho al voto se consideró universal cuando a partir de 1917 se extendió a todos los hombres, incluso, a los analfabetos. Pero, para nuestra vergüenza, de universal no tenía nada. El derecho al voto fue verdaderamente universal recién a partir de 1934, cuando las mujeres también lo adquirieron y pudieron finalmente sufragar.
Estudiar parece hoy algo accesible para todos. No fue así años atrás para las mujeres. El ingreso a la Universidad, en muchos países, les estaba vedado. Fue una tarea titánica sortear la discriminación, la burla permanente que no sólo provenía del mundo masculino. Las mujeres jóvenes de hoy no tienen idea de lo mucho que sufrieron sus madres y abuelas para poder entrar a un salón de clase.
Las guerras, malditas todas, ayudaron sin embargo a que la mujer avanzara sobre espacios que los hombres abandonaban por ausencia forzosa. Las mujeres tuvieron que salir a trabajar, sustituir a los hombres en las tareas del campo y en la industria. Sólo por estado de excepción se abrían oportunidades de participación para la mujer, en espacios que se consideraban exclusivamente masculinos.
El derecho al voto, la ley de divorcio, son un par de una larga lista de logros, en materia de derechos civiles y ciudadanos, por los cuales, las mujeres bregaron por años. El derecho de vestirse según su deseo, disfrutar de su cuerpo y gozar libremente de su sexualidad, fueron conquistas inimaginables setenta años atrás y aún hoy despiertan reacciones primitivas en los sectores más conservadores de la sociedad. Los métodos anticonceptivos le permitieron planificar su descendencia y tomar decisiones, compatibilizando sueños e hijos con relativo equilibrio.
La sexualidad y la reproducción ha sido un campo lleno de obstáculos, prejuicios y arbitrariedades para la mujer y es donde, actualmente, existen más dificultades para su lucha. La religión, la filosofía, la política, la medicina, la tecnología y sobre todo la irracionalidad, han gobernado en esta área y todos los días siguen dictándole a la mujer como tiene que comportarse, no necesariamente consultando, atendiendo y protegiéndola como persona. Todas las cátedras hablan sobre su papel reproductivo, pero sin preguntarle cómo lo vive, cómo se siente.
Como cualquier ser humano la mujer tiene derecho a decidir acerca de su propia vida, buscar sus sueños y resolver como adulta los temas que le conciernen. La Mujer, con mayúscula, esa que es reconocida en todas las sociedades modernas como “sujeto de derecho”, sufre, sin embargo, una rara distorsión en la vida social: parece que sus derechos se extinguen cuando de su cuerpo se trata. Y aunque no parezca, en verdad, esa es la médula del debate.
Continuamente se le quiere hacer prisionera de una contradicción maniquea, en la que, supuestamente confrontan su derecho a decidir cómo, cuándo y con quién, y por otra parte, el estigma cultural o la culpa de no cumplir con el deber impuesto y sagrado de traer niños al mundo. La interrupción de la concepción le está vedada por la moral conservadora, las leyes y por un brutal chantaje emocional que sectores de la sociedad promueven.
Desde siempre y con mayor vigor en la actualidad, educada y definiendo su propio destino, la mujer toma sus decisiones soberanas y las lleva adelante, contra toda corriente. Está en su derecho cuando cree que no es el momento o cuando cree que no está preparada para ello. Más allá de la opinión o de la moral de cada uno es momento de que toda la sociedad, y por supuesto las leyes, amparen a la mujer en sus decisiones, las que nadie va a cambiar, ni con amenazas, ni con cárcel. En cada caso, la sociedad debe brindarle su mejor protección y asistencia sanitaria. ¿Ya no es hora que lo asumamos? ¿Qué más vamos a esperar? O vamos a seguir esquivando lo que ya no es posible soslayar: el derecho y la libertad de la mujer a definir su propio destino.
No es justo, ni siquiera racional aceptar tanta presión y angustia para un ser humano que hasta ayer carecía de derechos, que hoy los posee, pero no puede disfrutarlos plenamente; porque aún, la sociedad, se cree dueña de determinar los actos y el uso de su cuerpo en ese eterno papel dependiente al que se pretende condenarle.
Debemos asumir la necesidad histórica y humana, de que el 51% de la población del mundo, el 51% de las personas, el 51% de las almas, alcancen la plenitud de sus derechos. Derechos que podrán ejercer o no, como cualquier ciudadano; pero en cada decisión soberana serán cada vez más libres. La libertad no se conquista en un solo acto o en una sola lucha. Es el fruto de una larga pelea, a brazo partido, para derri
bar muros y tabúes, superar el miedo y quitar los pesados baldes que continúan puestos sobre muchas, muchísimas cabezas.
Es hora de crecer como sociedad, de superarnos como comunidad, de asumir la realidad, el desafío, el valor y el compromiso vivo, impostergable, de consagrar y defender los derechos de la mujer y de garantizar, un bien social fundamental, el pleno goce de su libertad individual. Si lo hacemos, seguro que también, todos, nos sentiremos aún más libres. *
(*) Senador de la República
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