Tránsito
Está bien preocuparse por lo que pasa alrededor, sobre todo si asusta.
Cada año aumentan los accidentes de tránsito, se amontonan muertos, desgracias y costos y a muchos les ha dado por imaginar causas y soluciones.
Se ha dicho que en Montevideo hay muchos vehículos y se ha propuesto limitar su circulación. Los hay tantos o más en Hanoi, Bujumbura, Hyderabad o Estambul y a nadie se le ha ocurrido allí tamaña idea.
Se ha dicho que la velocidad excesiva, el alcohol y el olvido del cinturón de seguridad y de encender una señal lateral, por ejemplo son pecados capitales. Con ser cierto, está lejos de explicarlo todo.
Y se ha dicho que los conductores, hijos del rigor, sólo acatan las normas cuando la punición es grande. Que las estadísticas demuestren lo contrario se explica por la ya histórica propensión de los inspectores a la comodidad, penando sólo infracciones caso de automóviles mal estacionados en inmediaciones de los sanatorios, levantados a granel que difícilmente sean causa de tragedia alguna.
Lo que no se ha dicho con tanta insistencia ni entusiasmo es que la mayoría, incluyendo a conductores de ómnibus, taxis, camiones y camionetas de transporte escolar, maneja muy mal. Impelida por un exacerbado espíritu de competencia un fenómeno cultural y hasta ciertas incapacidades motrices notorias, esa mayoría, que también abarca a jovencitas excitadas y ancianos casi apopléticos, convierte las calles en un grotesco escenario de predicación y ejercicio del egoísmo y la intolerancia.
Nada en todo esto es simple. Pero si se castigara como es debido ese mal manejo cotidiano, que poco tiene que ver con el alcohol o el cinturón de seguridad, otro gallo podría cantar.
¿Por qué la autoridad competente no hace una revisión rigurosa de cómo se enseña a conducir y de las exigencias para obtener o renovar la correspondiente licencia?
Suele dar buenos resultados no buscar atajos para el primer paso, por complicado que éste parezca. *
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