PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

Aquellos calores

Ahí andan los uruguayos bancando la temperatura bajo cero. Don Invierno aprieta sus tuercas y tornillos haciendo temblar a los pobres vecinos. Junto con la suba de la carne, de la harina y el tener que soportar a los «objetivos» periodistas de los miércoles televisivos, también hay otros métodos para subirnos la temperatura. Uno es cerrar los ojos y recordar los calores del verano. Y si a eso le sumamos las apariciones del soldado Abdala y el gordillo Gandini, la mezcla es perfecta. ¡Flor de calentura y una patada a la estufa! Para colaborar con esa calenturienta receta acá les brindamos algunas postales de los calores de antaño. Cuando la gente llegaba a la Playa Ramírez cruzando los senderos floridos del verdísimo Parque Urbano. En su glorieta, al lado del lago, todos los domingos tocaba una orquesta de músicos jubilados pero muy talentosos que alegraban a los paseanderos con sus valses y marchas de vigorosa musicalidad. Los tranvías bajaban por las calles que atravesaban a ese Parque Urbano y llegaban hasta la rambla de aquella hermosa playa Ramírez. Las dos compañías de esos años 20, la Sociedad Comercial y la Transatlántica, hacían la competencia en horarios y boletos baratos en el verano para atraer más pasajeros. Luego de bajar los vecinos, esos tranvías se alejaban vacíos hacia el centro de la ciudad subiendo por la calle Jackson y sus casas con balcones donde colgaban macetas y jaulas. El sol picaba en aquellos bañistas que para cambiarse habían tenido que hacerlo obligatoriamente en la gran cantidad de casillas que tenía esa playa. Las damas y los caballeros si bien a diferencia de otras playas como la coqueta Capurro, donde estaban totalmente separados, acá solo se distanciaban en la zona de baño. Las mujeres se bañaban en la parte que daba a las rocas, le decían «el baño de las canteras» mientras que los hombres lo hacían en el resto de la playa menos frente al Hotel porque esa zona era de pesca. Los ómnibus repletos y las bañaderas sin techo o la capota tirada hacia atrás también llegaban, con aquellos bullangueros vecinos, hasta Los Pocitos y más lejos atravesando «los portones de Carrasco» solo abiertos en el día. El que había sido hasta principios del 900 el barrio de las lavanderas, 20 años después era una playa de éxito. Quizás el motivo de su popularidad fue la construcción del Hotel de Los Pocitos que entraba hasta la arena con sus hermosas escalinatas pintadas de blanco y azul. Los más bacanes al empezar a sudar subían hasta la terraza del hotel y ahí tomaban unas jarras de jugo de manzana o un suave clericó hecho por un inmigrante italiano que decía haber traído esa receta desde la misma Venecia. Pocitos fue la primera playa donde se organizaron campeonatos de figuras hechas con arena que tenían un premio de los chocolates Saint. La playa Carrasco además de sus arenas y olas tenía el atractivo de los bailes veraniegos en la terraza de su flamante hotel. Por aquellos calientes veranos se atravesaban «los portones» buscando un refrescante chapuzón o también bailarse un vals con la orquesta de Carusito. Tomando el tranvía 25 se llegaba hasta la coqueta Capurro. Donde las damas llegaban a la orilla en un carrito. Mucho abolengo en sus familias patricias que vivían en las casonas del Prado. En las noches de calor, la música llegaba desde el Parque Capurro con su pista de patinaje y una gran terraza que daba a la playa. Calores de antaño, playas y vecinos. Aquellos soles que quizás ahora sirvan para entibiarnos de los rigores del invierno de un nuevo siglo. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *

COORDINADION: – ANGEL LUIS GRENE

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje