Un ejemplo
Meses atrás hice un reportaje a Fernando Puntigliano, presidente de la Administración Nacional de Puertos. El martes pasado, Puntigliano fue reporteado por un colega de este diario. Ambas entrevistas me han permitido formar una opinión: es un técnico sólido, que predica el sentido común y tiene eso que llamamos «una cabeza abierta»; o sea, la que genera ideas racionales y recibe las ajenas sin prejuicios.
No es una cabeza muy uruguaya que se diga, lamento decirlo.
Su visión del país, aun pensada desde la actividad portuaria y su logística, que tanto domina, es global, moderna y esencialmente edificadora de integración regional, de crecimiento económico y de redistribución de la riqueza que se puede generar.
Ya sé. En el discurso, muchos dicen cosas parecidas, o más bien las recitan. Pero hasta hoy no he visto a ningún otro integrante de los cuadros de dirección del gobierno que plantee, con igual claridad y contundencia, un Uruguay así, total, tanto desde el punto de vista de los objetivos de desarrollo como de las necesidades de planes, legislación, recursos y aporte de infraestructuras conectadas: ni siquiera el ministro de Economía, que flota en el olimpo de la ortodoxia, ni el de Ganadería, que amontona propuestas como para hacer la enciclopedia de los enunciados.
Me seduce una hipótesis: Puntigliano no es un político, mucho menos un militante; es un profesional, formado, además, en la seria y rigurosa suma de la enseñanza nacional y de los mejores centros de la Europa desarrollada. Pragmático en serio, quiere lo mejor para el país. Trabaja sin pensar en cargos ni en afiebradas predicciones electorales. Es culturalmente distinto.
Su ejemplo -y parto de la convicción de que debe haber otros y hay que buscarlos- me invita a una audacia.
¡Que nadie tema!
Sólo sugeriré que el Presidente de la República preste atención a estos hombres. Tal vez halle el camino para acelerar los verdaderos cambios que la sociedad reclama.
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