Revolución
Herbert Read, en «Educación por el arte», aconseja ejercitar a los niños para que conserven en su vida adulta una facultad que la marginación y las equivocaciones de los mayores les hacen perder. Los psiquiatras han llamado a esa facultad «imaginería eidética», un intenso poder de visualización de cuanto es agradable a su alrededor, que les permite un goce inmediato libre del peso de lo malo ocurrido antes y del temor a lo porvenir.
No sé si Uberfil Monzón, director del INDA, leyó a Read. Sé que ha iniciado, sin solemnidades, una revolución de esas que todos debemos acompañar. Creó el Plan de Humanización de los Centros de Alimentación, con la finalidad de que quienes asisten a los comedores, sobre todo los niños, «no construyan una mentalidad de mantenidos, se recuperen como seres humanos y se reincorporen a la sociedad», eliminando «el estigma de vergüenza, de agresión a la sensibilidad, que tiene la pobreza». Dijo Monzón: «Al niño que va a buscar una tacita de leche se le está agrediendo su sensibilidad, estamos creando personas agresivas. Quien es tratado de esa forma, en algún momento se las va a cobrar».
La idea es convertir a los comedores en sitios que permitan una variada actividad creativa y, especialmente, la recreación: «Deben ser lugares de encuentro, donde la pobreza no quite la dignidad».
Es una idea magnífica. Y es profundamente revolucionaria, más aún si el principal objetivo de su desvelo es la infancia desvalida.
No es un designio divino que la pobreza y su cotidiana necesidad de esa taza de leche le quiten a un niño su «imaginería eidética». La perderá si a sus necesidades le añadimos una mal entendida compasión, porque estaremos exacerbando su vergüenza y su agresividad; se le desplomarán encima lo oscuro del pasado y el miedo por el futuro, y acabará su poder de visualización y disfrute.
Hay que defender, a la par que su dignidad, su derecho a la alegría de vivir. La idea de Monzón va en esa dirección. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad