Esperanza
Hay hechos que pasan inadvertidos para la mayoría y, sin embargo, merecen una celebración.
Cinco proyectos de jóvenes universitarios uruguayos, ideados para investigar el mundo de la drogadicción, fueron seleccionados, entre treinta presentados por todos los países de América Latina, por un organismo internacional.
Suele decirse que uno se plantea el sentido de la vida que es decir el significado de la suya propia cuando advierte que ya dobló el codo y el final se va acercando a pasos muy veloces. Si eso es cierto, lo es también la terrible comprobación de que el tiempo se diluye en una vorágine que impide darse cuenta de que la vida es lo que va pasando al lado, mientras uno se agota, se desgarra buscando pretextos y atajos. Y si ocurre en un país de viejos como el nuestro, es, además, un riesgo de muerte para el futuro.
Hago esta reflexión porque la clave del cambio sigue estando en la juventud. Se dice que aún hoy los jóvenes uruguayos prefieren emigrar; y se dice que aquellos que se quedan terminan vegetando en la peor forma de envejecimiento imaginable, la que cansa, la que amputa, la que engorda una mediocridad que deviene cultura y, por tanto, nación.
Sin embargo, el aludido ejemplo de los universitarios es aleccionador. Quiere decir que no todo está perdido. Mejor todavía: quiere decir que alrededor nuestro hay unas mentes frescas que laten, que imaginan, que quieren darle aire a la vela de la esperanza.
Quizá si ayudamos a que esos jóvenes hallen el sentido de la vida en su tierra, cuando precisamente sus sueños e ilusiones tienen vigor, no se les escurra el tiempo como agua entre las manos, ni se vayan, ni se conviertan en los viejos patéticos y espantados que nos preguntamos qué carajo hemos hecho hasta ahora.
Tal vez puedan ser entonces acompañados por otros a quienes deberemos descubrir y darles las oportunidades, el motor potente que el país necesita para crear el porvenir.
No hay mejor inversión posible. *
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