Escrito por: ANTONIO PIPPO
Se murió el Coco Salgueiro.
Tuvo la mala idea de hacerlo cuando aún le quedaba resto para darle a los otros, es decir a todo semejante que se le acercara, esa vieja solidaridad benevolente que aprendió de sus ancestros, de su propia vida imperfecta e intensa y hasta de esos seductores boliches oscuros donde solía tomar grapa con limón.
El Coco Salgueiro fue un luchador, un emprendedor, un asistente social de los de antes, de aquellos a quienes siempre dolió la cicatriz ajena, como diría Manzi de Discépolo, pero también de los que jamás doblaron su optimismo pícaro y sabio ante las peores circunstancias, de tal modo de rescatar del fondo de las sombras lo más valioso de la condición ajena, cosa que hizo hasta en los más tenebrosos momentos que debió vivir la sociedad uruguaya en años tan recientes que todavía duelen.
Fue un cimiento indispensable del Centro Cooperativista Uruguayo cuando despuntó en este país, a contrapelo de todos los vientos, la conmovedora, impresionante aventura del cooperativismo de vivienda por ayuda mutua. Son tantos los que le deben tanto, que hoy han de estar desorientados, más allá de la pesadumbre, porque a la vuelta de cada esquina ya no andará el amigo, el orientador, el quijotesco combatiente, alto y algo desgarbado, ése de las ideas puras, de los sueños, de las ilusiones y de las utopías realizables.
Fue, además, hombre de muchos hijos, que crecieron y se derramaron por el mundo como un crisol. Menos mal que le sobró semilla para regarla por todas partes, así no habrá desamparo sino una esperanza de nuevas cosechas milagrosas.
El mundo está lleno de estos seres anónimos, célebres sólo para quienes los frecuentan, que a veces salen a la alta escena pública porque se mueren. No debería ser así. ¡Si es gracias a ellos que todavía creemos que merece la pena vivir!
“A las aladas almas de las rosas/ del almendro de nata te requiero,/ que tenemos que hablar de muchas cosas,/ compañero del alma, compañero”.
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