Brasil: la esperanza que todavía no cede al miedo
En medio de un caos aéreo de proporciones considerables y episodios de violencia armada en las favelas, el presidente de Brasil, Luiz Inãcio Lula da Silva, continúa ostentando una formidable popularidad. Una encuesta realizada por la Confederación Nacional de la Industria (CNI) en estos días, muestra que la aprobación del gobierno continúa alta. Un 50% de los entrevistados considera al «gobierno Lula» bueno o muy bueno, y un 10% lo califica de malo o muy malo. El saldo de las evaluaciones positivas y negativas es de 34 puntos porcentuales, a favor de las evaluaciones positivas. En cuanto a la forma en que Lula gobierna, el 65% de los entrevistados la aprueba. Este nivel de aprobación es más alto entre los hombres, en la región sudeste, y entre los más pobres. La desaprobación aumenta entre los más jóvenes y los estratos de mayor escolaridad e ingreso.
Para estos mismos entrevistados, los dos temas más negativos son los recogidos por los grandes medios en estos días, las denuncias de tráfico de influencias que involucran al hermano del presidente (citadas por el 30% de los entrevistados) y la crisis aérea en los aeropuertos (citada por el 14%). Si bien la política económica continúa estable, con un promedio de crecimiento anual relativamente bajo (3%), no es esto lo que ha asegurado la popularidad de Lula y viabilizó su reelección en octubre de 2006.
Son las políticas sociales las responsables de la sustentación del gobierno; ésas que, de alguna manera, se han transformado en la «marca» de los gobiernos progresistas en la región.
La actuación del gobierno en materia de creación de empleos, y la estabilidad en el empleo, es uno de los puntos prioritarios que fueron resaltados en la opinión de los entrevistados. Igualmente la actuación del gobierno en los programas sociales de combate al hambre, de salud y educación, reciben un saldo positivo de aprobación. Las acciones del gobierno en esta área son aprobadas por el 61% de los entrevistados. En cambio, en la política económica, muchos ítem son destacados negativamente, con la excepción del combate a la inflación, que es el único con saldo positivo. La peor evaluación la recibe la carga tributaria del gobierno, con el rechazo del 65% de los entrevistados.
Tales resultados parecen desconcertar a la oposición, en particular a los líderes del PSDB, el Partido de la Social Democracia Brasileña, del ex presidente Fernando Henrique Cardoso. El PSDB surgió como resultado de una escisión del PMDB, que hoy acompaña a Lula en el gobierno. El PMDB es uno de los cuatro grandes partidos de Brasil. Obtuvo la mayor bancada parlamentaria en las elecciones pasadas y ha acompañado a todas las coaliciones de gobierno hasta ahora, incluyendo al gobierno de Fernando Henrique Cardoso, mostrando un pragmatismo político fuera de toda sospecha ideológica.
El PSDB ha quedado como el principal partido de oposición, aunque el partido inicialmente pensado como un partido «de cuadros» se definía inicialmente como un partido de centro-izquierda. Su alianza con el principal partido de la derecha brasileña, el Partido da Frente Liberal, durante los dos períodos del gobierno de Cardoso, generó un realineamiento político importante que lo tendió a ubicar a la derecha del espectro ideológico. Hoy, todas sus definiciones políticas están básicamente guiadas por la idea de desplazar a Lula del poder, y ello lo hace asumir posiciones claramente anti Mercosur en el Congreso, colaborar activamente con la prensa más sensacionalista para alimentar cualquier escándalo en torno a la figura de Lula y su gobierno, o vetar votaciones sobre temas sociales, con los que de acuerdo a su autodefinición de partido «socialdemócrata» debiera básicamente estar de acuerdo. Todo ello lo hace guiado mayormente por el interés de desestabilizar a Lula, lo que no le ha hecho bien ni al gobierno Lula, ni al sistema político en su conjunto. El PSDB, al ser de los partidos «nuevos» del sistema (posdictadura) podía haberse presentado como una alternativa al sistema clásico de clientelas patrimoniales de Brasil. Su opción inicial, sin embargo, fue gobernar con ellas, como lo mostró su alianza con el PFL en aras de asegurar la «gobernabilidad». Su segunda opción, ya fuera del gobierno, fue la de oponerse sistemáticamente a cualquier medida promocionada por el gobierno del PT, como una estrategia para su desgaste permanente (lo que incluyó en el peor momento de las denuncias de corrupción contra el PT, un intento de «impeachment» contra Lula). Ello lo terminó de ubicar muy lejos de lo que su nombre indicaba: ser una opción socialdemócrata de izquierda en Brasil. Pero además, no solamente no impidió una victoria de Lula en las elecciones de 2006, sino que tampoco menguó una popularidad, que sigue en alza.
Frente a este escenario, el PSDB está pensando qué estrategia desarrollar, ya no sólo de cara a la próxima elección, para la que todavía faltan cuatro años, sino de cara a las elecciones municipales de 2008. Asimismo, este partido busca una explicación a la popularidad del gobierno, antes y después de los escándalos de corrupción, de una economía que dista de tener un crecimiento espectacular y de un partido que, como el Partido de los Trabajadores, ha perdido a sus principales figuras.
En declaraciones a la prensa, luego de conocidos los datos de la encuesta de la CNI, el líder del PSDB en la Cámara de Diputados, Antonio Carlos Pannunzio, dijo que el partido iba a cambiar de estrategia, y no seguir insistiendo con la corrupción. «Ahora vamos a atacar la incompetencia gerencial, el caos en los aeropuertos, la pésima política externa de Brasil y las agencias reguladoras que no funcionan». Pero el PSDB parece olvidar que los pobres no toman aviones, poco se interesan por las agencias reguladoras y, sobre todo, conocen muy poco los avatares de la política exterior brasileña. Lo que debería reconocer el PSDB es que se puede hacer políticas «populares» sin que sean clientelistas, como las políticas del PT. Porque si bien es cierto que a los más pobres les preocupa muy poco la huelga de controladores aéreos, saben claramente cuándo un programa social está hecho sólo para el interés de los políticos y se distribuye entre los amigos y clientelas de éste, y cuándo un programa es «auténtico», es decir, está al servicio público.
El PSDB debiera preocuparse también por el hecho de que la izquierda brasileña no puede ser acusada de «populista». Hay políticas populares, sí, pero sin despilfarro de los dineros públicos, sin irresponsabilidad fiscal y sin clientelismo. Pero las hay.
Y son éstas las que están haciendo la gran diferencia entre Cardoso y Lula, entre el PSDB y el PT. Y esto, deja al PSDB y a buena parte de las derechas sin su argumento más preciado: acusar a las izquierdas de populistas y desestabilizadoras. Nada de eso está sucediendo en Brasil. Pero se hacen cosas que nunca antes se habían hecho. Y por más que Fernando Henrique Cardoso diga a quien quiera escucharlo que el programa «Bolsa Familia» ya existía antes de que llegara el PT, lo cierto es que uno y otro son bien diferentes. Y por eso Lula sigue creciendo en el electorado de menores ingresos, que es la mayoría de Brasil, mientras el PSDB sólo encuentra refugio en una prensa poco amigable a Lula, que todavía se desconcierta con su popularidad creciente. *
* Directora del Instituto de Ciencias Políticas de la Udelar. Este espacio fue ocupado desde 1999 por los
talentosos análisis de Hugo Cores. Su ausencia es cubierta por Constanza Moreira, como homenaje a su memoria y aporte al colectivo.
Compartí tu opinión con toda la comunidad