Escrito por: ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO (*)
El atraso tecnológico en el Uruguay es real. Pero también lo es que se nos ha inculcado. En Galicia tuvimos oportunidad de ver por dentro los más grandes y mejores generadores eólicos del mundo.
Los ingenieros que nos guiaban (junto a escolares de La Coruña) alertaron:
“Tened en cuenta que esto no es la NASA. No esperéis ver nada del otro mundo.”
Vimos una caja de engranajes grandes al alcance de cualquier taller metalúrgico mediano, un alternador de la misma calidad, una computadora y poca cosa más.
Su tecla “Enter” reza igual que acá y con ella los niños operaban desde lejos aquellos enormes molinos.
Cuando dijeron que se frenaba automáticamente si sucedía un percance invisible e imprevisto de cualquier tipo, preguntamos cómo.
Esperando entonces ver rayos láser, sensores electrónicos o dechados de la nanología, nos enseñaron una vertical varillita de hierro de “seis” que acá usamos con el asadito para las “planchadas” vecinales, una copita de lata soldada en la punta sobre la que reposaba una “munición” de rulemán grande (tal vez usado) atada a una cadenita de banderola de baño (tal vez también comprada en la feria del Paso de la Arena): cualquier vibración del mastodonte, levemente mayor a la normal, hace caer la munición y entonces la cadenita en vez de accionar la cisterna del inodoro acciona una prosaica llave de luz que “apaga” el artefacto.
De regreso a Uruguay nos siguieron diciendo que acá no podemos fabricar esos molinos porque su tecnología resulta inaccesible.
Alguien dijo hace poco en un seminario que en América Latina el fracaso tiene un gran prestigio intelectual: es verdad. La consigna suele ser “no se puede”, llegando incluso al “no se debe”. Las tecnologías se deben importar con los gastos de instalación, viáticos de técnicos que supervisen y comisión de los representantes en Uruguay de las empresas de marras, quienes a la vez suelen ser los “convincentes” asesores ingenuamente consultados.
Es preferible cobrar sin hacer nada que ser un creador. ¿Tendremos la culpa? ¿No será una cultura criolla? ¿No será incluso una “civilización”?
La única excepción percibible (estamos hablando en términos generales) son los abogados: en tal caso los uruguayos nos animamos.
En el fondo hemos devenido estudiantes de Derecho. En primerísimo lugar los legisladores. Muy pronto, y en masa, los uruguayos hablaremos latín. Esa lengua muerta… Y en el fútbol jugaremos los partidos solamente en la Liga.
¿Lo dudan? El gran debate que por años nos ocupa en ese rubro refiere a una empresa y es jurídico. Lo último que, por ejemplo, perdió Peñarol, fue un pleito iniciado por Peñarol. Decisivo, porque lo demás vino por añadidura. En realidad, según la civilización nativa, no nos faltaron jugadores ni directores técnicos: nos faltaron abogados buenos o, lo que es peor: los teníamos (en eso somos campeones) pero no les hicimos caso.
En resumen: cualquier aficionado, periodista, jugador, director técnico y ni qué hablar dirigente, sabe a esta altura Derecho (incluso penal) pero no sólo no ha leído sino que no ha podido comprar (porque no se producen) ningún libro científico uruguayo sobre deporte (creemos que el último, editado hace décadas, fue el del profesor Langlade). Y, desgraciadamente, resulta que desde hace añares en el mundo el deporte (por ende el fútbol) también es una ciencia provista de frondosa biblioteca y ediciones multitudinarias.
En Uruguay, pontificando al mundo, entendemos no sólo que no (como el avestruz) sino que no debe serlo y a la vez chancha y cuatro reales, queremos ser campeones…
Debemos optar: o eso o el amateurismo mental y total, que derogue la Ley del orsay y los goles. Que sea por puntos (a cargo de un jurado electivo) o por concurso (que incluya informes jurídico y psicológico eliminativos). Sólo la Reglamentación de tales Institutos insumirá resmas de abogados, tres años, y tres tomos de seiscientas páginas por barba en papel Biblia a cargo de la FIFA o, en su defecto, de Astori.
¿No andaremos mal? ¿No será necesario que alguien avise? Decimos “alguien” y no “algo”, porque el planeta hace rato que lo hace pero en vano acá.
Veamos lo sucedido ahora con la energía nuclear: nos han inculcado hasta nuestros días que, independientemente de la opinión acerca de su conveniencia “ecológica”, se trata de plantas tan grandes que están fuera del alcance de Uruguay por la inversión que requieren, el tamaño (capaces de generar más de mil megavatios), la demora en construirlas, los técnicos necesarios para manejarlas y mantenerlas, la enorme cantidad de residuos tóxicos que dejan y encima, porque superan nuestras necesidades energéticas: en suma, son para países centrales y además grandes. Se nos llegó a decir que el tamaño está implícito en la energía nuclear y que por ello era imposible una planta pequeña.
Pues bien: así era en 1945. Desde hace décadas eso es ignorancia. Repetirlo hoy es disparate. Uruguay carece de científicos y técnicos asesores en el pleno sentido de la palabra.
Porque hace ya mucho que países como India han desarrollado plantas de mediano porte (generan menos de mil megavatios). Y que la ONU apoya proyectos internacionales, en especial para países pobres, tanto para producir el combustible como aun plantas de menor tamaño.
A pocos kilómetros de esta contratapa, en Porto Alegre, vienen trabajando pública y febrilmente en ello sin que nos hayamos enterado (como no nos enteramos en veinte años de que los brasileños además de jugar al fútbol le metían alcohol vegetal a las naftas).
La otra mil y una noche, trajeron a Uruguay, mediante colecta particular, la lámpara de Aladino de la que salió un genio persa, munido de pesado “currículo”: el profesor de ingeniería nuclear Farhang Sefidvash a explicarnos qué es y cómo funciona el llamado “reactor del pueblo”, que genera nada más que cuarenta megavatios (como los tragones motores de avión que recién pusimos en Punta del Tigre) y mide dos metros de ancho por seis de alto. Se ensambla en cualquier lado con partes ya existentes, disponibles, comprables y harto probadas en esa ya vieja industria.
Su “pila” de combustible dura diez años, es intercambiable, y en lugar de residuos genera productos utilizables en la industria, el agro, la ciencia y la medicina (que hoy importamos y deberemos seguir importando crecientemente, a alto costo, para tales menesteres). Como el sistema Linux, carece de dueño (es internacional en el pleno sentido de la palabra) y Uruguay puede ingresar ya, si lo quiere y sin costo, en su estudio y construcción para formar a sus técnicos y lograr puestos de trabajo calificados.
Lo que inventó el genio iraní fue sustituir las pesadas, peligrosas y largas barras de sustancia radioactiva de los generadores “al uso”, de difícil manejo y cuantiosos residuos, por unas bolitas de tamaño y forma parecidas a las que usan los niños. Por eso son muy maleables y utilizables después.
Y además inventó suspenderlas (como en muchos curiosos juegos) en el “chorro” (como el de una fuente) de agua a presión que, a la vez, funciona como refrigerante. Sólo cuando las bolitas están así sostenidas se produce la reacción nuclear. Si la presión del agua disminuye, sea por lo que sea, las bolitas caen a un embudo y un “almacén”, cesando al instante la reacción que, como todos sabemos desde que lo demostró Paul Newman en las películas de la bomba atómica, se produce increíblemente nada más que por razones de posiciones geométricas. Mientras exista la ley de gravedad este reactor es el único que se apaga sin necesidad de gente, censores, válvulas, ni mandos electrónicos o mecánicos. Posee lo que en su jerga se llama “seguridad inherente” o “pasiva”.
Parece, como todos los grandes inventos de la humanidad, una pavada como la del huevo de Colón.
Lo trajeron por colecta privada y lo atendimos en un teatro pequeñito de la Plaza Cagancha, que además está en
el subsuelo, por no decir el sótano.
Estamos dando lástima. *
(*) Senador nacional; escritor
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