Escrito por: ANTONIO PIPPO
Todo el mundo conoce el significado del barbarismo “pecherear” y su variante más aristocrática de “meter pechera”. Es una deformación lingüística y semántica de “sacar pecho”, en el sentido de envalentonarse.
El Negro Collazo futbolista, jugador de truco y gran bebedor social de quien he hablado hasta el hartazgo era experto en eso. En realidad, más que pecho, el Negro sacaba barriga, que la tenía y era, cuando se venía encima de uno a velocidad, arma de guerra de verdadero temer. Con ella despachó unos cuantos rivales, en la cancha y en los boliches, a lo largo de su azarosa vida.
El recuerdo va como referencia anecdótica y a fin de ubicarse bien ante un hecho de la actualidad. Ocurre que quienes ahora han “metido pechera” a lo loco o a lo bobo, según se mire fueron los muchachos de la Federación Uruguaya de la Salud, que, muy enojados, tomaron por asalto el Ministerio de Trabajo. De modo tan dramático lograron, al fin y al cabo, que los recibiera el director Julio Baráibar y que se reinstalara la correspondiente mesa del Consejo de Salarios. ¿Por qué decidieron no obtener satisfacción acordando por celular o a través de una diplomática misiva? No sé. Sus razones habrán tenido.
Igualmente, hay que decir que eso de “pecherear” en cuanto sitio uno cree que le asiste el derecho, y sobre todo si hablamos de oficinas públicas, es una conducta escasamente compartible. Viola, al menos, un par de artículos constitucionales. Y si se hace hábito, cosa de la que, por lo que parece, nos separa poca distancia, vamos a tener una convivencia democrática agujereada, aunque quienes “metan pechera” crean que su pataleo tiene fundamento.
Sería bueno que todos lo comprendieran. Está en juego la supervivencia de unas relaciones realmente civilizadas.
Volviendo al Negro Collazo, me acuerdo de que sus “barrigueadas” terminaron cuando alguien le agujereó malamente aquel abdomen en ristre, poniendo fin a su aún joven epopeya embestidora.
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