El huevo
Si algo nos ha regalado la reforma tributaria, aun antes de entrar en vigencia, es tema de conversación.
Y unas reacciones conmovedoras.
Por ejemplo, la del diputado Jorge Pozzi, del Nuevo Espacio, hombre de caudaloso y ejemplar pasado gremial, quien hoy no sabe si reír o llorar. Es que acaba de descubrir que los trabajadores deberán tributar no sólo por los vales alimenticios que perciben de sus empleadores sino según sus propias palabras «hasta por el huevo de Pascua de fin de año». A su juicio, «se trata de una interpretación exageradamente amplia de la norma».
Pero, claro, al menos por ahora, el huevo pagará el impuesto.
Si bien se conoce mi aversión a toquetear demasiado los huevos aclaro que hablo de los que expulsan las gallinas y que nos alimentan, el casi escandaloso descubrimiento de Pozzi me ha planteado una duda shakesperiana. ¿Será al fin de cuentas conveniente un manoseo, no del huevo sino de la reglamentación del tributo, a fin de evitar esta suerte de violación del sentido común?
Discurriendo por semejante línea de razonamiento, enseguida casi me agarró una pataleta neuronal al recordar unas recientes declaraciones del subsecretario de Economía, el simpático y optimista Mario Bergara. Al ratificar que el Poder Ejecutivo está dispuesto a corregir lo que sea necesario de la reforma, en tanto siempre se le ha adjudicado un carácter evolutivo, habló de «esperar que transcurran uno o dos años de su aplicación».
Mario, ¿no será demasiado tiempo si pensamos en el huevo? ¿Has imaginado, en tus microclimáticos cálculos macroeconómicos, cuánto puede terminar pesando ese huevo a los sufridos trabajadores uruguayos que lo recibían de sus patrones en una coqueta canastita, a lo mejor con un patecito, un vinito y una latita de arvejas?
Dicho de otro modo, ¿un simple huevo se merece tamaña agresión impositiva?
Pozzi cree que no. Ignoro qué hará para impedirlo, pero ojalá tenga éxito su cruzada por salvar al huevo.
Compartí tu opinión con toda la comunidad