El shock
Si hay una cámara de televisión cerca, sálvese quien pueda.
Aparecerán unos cuantos hombres y mujeres empeñados en que sus discursos, tal vez conceptualmente inobjetables, causen una suerte de shock emocional. Ocurre con una frecuencia irritante en el plenario de la Cámara de Diputados, escenario al que asisto varias veces al mes; me ha dicho Julio Guillot, periodista de fina pluma clásica, que en el Senado, aunque son menos y eso alivia, pasa otro tanto.
Con motivo de la aprobación de la Rendición de Cuentas en la Cámara baja, semejantes escarcinazos verbales y gestuales -que no le hacen asco a una mezcla de citas literarias, filosóficas, psicoanalíticas, criollas y procedentes del lunfardo digna de Discépolo- se convirtieron en la comidilla de la extenuante jornada.
¿Por qué algunos diputados sienten, ante el foco fijo de esa cámara, la compulsión de actuar remedando al Anthony Hopkins de «El silencio de los inocentes», al George C. Scott de «Patton» o a la Tita Merello de «Filomena Marturano»? ¡Si en las comisiones, los despachos o el ambulatorio, o sea en la vida real, no son así!
Yo quisiera saber la razón por la cual un legislador todavía joven pero experimentado y además inteligente debe ejercer la oposición con alaridos, como aquel Ricardo III al que Shakespeare hizo gritar: «¡Mi reino por un caballo!». O por qué otro legislador de edad mediana, hombre leído y habitualmente cultivador de fina ironía, debe responder desde el oficialismo como Eduardo III Plantagenet, rey de Inglaterra, al caérsele una liga a la condesa con la cual bailaba: «¡Maldito sea el que piense mal!». O, también, por qué alguna distinguida dama integrante de esta Cámara, instruida y sensata, al salir en apoyo de un compañero declama cual Circe contra Ulises luego de darle el veneno: «¡Ve ahora a la pocilga y túmbate con tus compañeros!».
Voy a repetir algo que ya escribí: muchachos, precisamente porque los están mirando, sean ustedes mismos.
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