¡Cáspita!
Si algo han logrado el ascético renacentista Astori, el voluminoso optimista Bergara y el juvenil circunspecto Lorenzo es permitir que la reforma tributaria cause la sorpresa o el asombro nuestros de cada día.
Parece una inesperada liturgia que se ha colgado de una cuestión a la que, seguramente, pensaron con la intención de beneficiar a los más.
Ahora los tapones les saltaron a los fiscales. Informados no se sabe por qué tan tarde de que el IRPF se aplicará también a una partida especial que reciben, igual que los jueces, llamada «de vivienda», gritaron al cielo. O, para mayor precisión, perforaron la bóveda celeste y se hicieron oír más allá. Obviamente, ya pidieron al Ministerio de Economía la revisión correspondiente; tan obviamente como que Astori, Bergara y Lorenzo, émulos del lacónico Onetti final, movieron sus cabezas a ambos lados, varias veces.
¿Qué harán los fiscales? No lo sé. En cambio, me ha conmovido una versión difundida por la prensa acerca de lo que haría la Suprema Corte de Justicia, al parecer también inquieta por idéntico asunto: ya habría dado orden a sus servicios administrativos de no aplicar ese descuento específico.
¡Por las barbas lánguidas y las rajadas sandalias del profeta!
Si esto se confirma, ¿alguien ha reparado en las consecuencias que tendría para una aplicación cabal mejor diría normal, serena, sin trompicones de la primera gran reforma que ha puesto en marcha este gobierno?
Por el momento, y más allá de mi inquietud personal acerca del IRPF, la rebaja de tarifas y el control de los precios y qué sé yo, se eleva, casi con el pico de loro de la gigantesca y nunca del todo querida Torre de Antel, una monumental duda.
¿Es posible que la Suprema Corte, ya, sin más, desautorice por medio de un corte de cuentas de imprevisibles consecuencias, al Poder Ejecutivo?
¿O acaso he entendido mal como tantas veces, bueno es admitirlo lo que se ha estado informando por ahí? A aclarar se ha dicho. *
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