Mercosur y después
En poco tiempo, Uruguay asumirá la Presidencia Pro Témpore del Mercosur. Con el esfuerzo de integración energética e infraestructural, que se han convertido en las marcas «post-Parlamento» recién instalado, y algunos conflictos entre socios que han ocupado las noticias en los últimos meses, la gestión uruguaya deberá ser particularmente diplomática y equilibrada, amén, claro está, de procurar introducir sus propios temas de agenda durante el período.
El Mercosur continúa teniendo sus cuatro socios de siempre, a pesar de que iniciativas más amplias han tenido lugar en estos años. La más ambiciosa la Comunidad Sudamericana de Naciones está lejos de tener su propia institucionalidad, y por ahora permanece restringida a reuniones, documentos y declaraciones. Por otra parte, la integración plena de Bolivia y Venezuela al bloque dista de concretarse. Bolivia no quiere renunciar a su natural pertenencia a la Comunidad Andina de Naciones, y el ingreso de Venezuela no ha sido ratificado aún por Brasil. Las declaraciones de los Parlamentos chileno y brasileño sobre la cancelación de la concesión de RCTV en Venezuela no ayudan a la construcción de un proceso de integración más abarcador, sino que más bien expresan la voluntad explícita de generar una provocación hacia este país, que tienda a distanciarlo de sus pares. Más allá de que Lula y Bachelet hayan salido a respaldar a sus Parlamentos (que claro está, son poderes del Estado), lo cierto es que ambos mandatarios parecen apostar a mantener una buena relación con Venezuela, y las declaraciones de sus parlamentos no ayudan a ello.
Estos conflictos diplomáticos, con la debida amplificación de la prensa, no impiden, sin embargo, que el Mercosur avance. La iniciativa del Banco del Sur es una clara manifestación en este sentido y, más allá de sus resultados concretos, representa la búsqueda de creación de un mercado de capitales propio, ya que el mismo hasta ahora ha sido monopolizado por el FMI y el BM. Asimismo, esta iniciativa se pliega a otras de otros bloques económicos en el mundo, que también apuestan a controlar su propio mercado de capitales. La instalación del Parlamento del Mercosur, que en nuestro país enfrenta un recurso de inconstitucionalidad, es también un avance en este sentido. Las demandas de Uruguay sobre flexibilización de normas de origen y el cobro del doble arancel externo común, podrán volver a ser planteadas en el marco de esta nueva institucionalidad mercosureña.
Los procesos políticos de los países que integran el bloque muestran que éste se ha constituido en el escenario de debate y contradicciones de lo que constituye el «giro a la izquierda» de América Latina.
Brasil acaba de iniciar un segundo período en clave de izquierda, con un PT más frágil, más golpeado, y una coalición de múltiples partidos, que no siempre son capaces de acordar sobre las iniciativas de gobierno. En Brasil, el Presidente es aún fuerte, pero la oposición (en particular, el Partido de la Social Democracia Brasileña, de Fernando Henrique Cardoso), también lo es. Y es por eso que ponen al Presidente Lula en un aprieto al firmar una declaración de ese tenor sobre Venezuela. La sustentabilidad del crecimiento económico, y el proceso de redistribución del ingreso iniciado con el primer gobierno de Lula, serán puestas a prueba durante este segundo mandato. Y por supuesto, en materia de integración regional, dependerá mucho del apoyo de los socios, el que la política «Sur-Sur», ya iniciada, se sostenga cuando cambie el gobierno. Aquí los mercosuriaños brasileños y externos saben que cuentan con estos próximos tres años, para consolidar lo que ya se inició.
En Argentina, el temor a un «giro a la derecha» producido por la altísima votación de Macri en Capital Federal, ensombrece los logros del gobierno de Kirchner. Sin embargo, de los países del Mercosur, Argentina es hoy el que registra un mejoramiento más notable en todos sus indicadores: la alta tasa de crecimiento del producto, el proceso de reindustrialización y su impacto sobre el salario real y el descenso de la desocupación, así como la reducción de la pobreza, forman parte de un «boom» que se viene produciendo desde hace al menos tres años.
En Uruguay, al gobierno le está yendo, al igual que a los argentinos, excepcionalmente bien en su desempeño económico, social y político. La popularidad del gobierno continúa muy alta, el crecimiento económico comenzó a «gotear» hacia abajo, y se evidencia una recuperación de los salarios y una reducción de la pobreza y la indigencia significativas. Los debates recientes sobre la reelección de Vázquez evidencian las razonables expectativas del gobierno sobre la posibilidad que se abre en Uruguay, al igual que en el Brasil de 2006, y en la Argentina de hoy, de acceder a un segundo mandato «progresista».
Bolivia y Venezuela, los nuevos socios del Mercosur, enfrentan procesos políticos más conflictivos que los que se están produciendo en el resto de sus pares del universo «progresista» y, por eso, buena parte de los socios del bloque mira con desconfianza su integración plena.
La movilización social y política en Bolivia de los campesinos e indígenas por un lado, y de las clases medias contra el gobierno, por otro, no tiene comparación con ningún proceso de los que se están viviendo en nuestros países. Un gobierno de izquierda «indigenista» como el de Evo Morales es prácticamente inédito en el resto del continente.
Por su parte, Venezuela, principal aliado de Bolivia en la región, no deja de ser noticia en los medios, y con gusto algún organismo diplomático (y algunos gobiernos de la región) le suspenderían la «cláusula democrática», aunque el Presidente y las autoridades políticas de ese país hayan sido legitimadas en las urnas mucho más veces que cualquiera de sus pares en la región.
Es por ello que para buena parte de los intelectuales y la academia que se ocupa de estos temas, deben diferenciarse el gobierno de Chávez y Morales, del de Chile, Argentina y Uruguay. Unos serían irremediablemente «populistas» (a menudo, el gobierno argentino es ubicado junto con los dos primeros), mientras los otros serían «socialdemócratas», «pragmáticos», o «liberales». Y sin embargo, son todos gobiernos de izquierda, más allá de que haya izquierdas que nos gusten más o menos. Como decía un cientista político brasileño, César Guimarães, «llamamos populista a cualquier régimen, política o político, que hace algo popular, y que a nosotros no nos gusta». *
* Constanza Moreira. Politóloga. Universidad de la República. Esta columna fue escrita desde 1999 por Hugo Cores. Ante la ausencia notoria de su pluma, le hemos solicitado a Constanza Moreira, como homenaje y aporte, ocupar este espacio durante el corriente año.
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