Estudiantes universitarios recuerdan uno de sus más importantes logros
Desde hacía varios años los estudiantes venían reclamando la participación en los órganos de contralor y dirección de los centros universitarios en varios países de América Latina. Uruguay y Argentina no eran ajenos a estos reclamos. En la Argentina ya existían tres universidades nacionales en los primeros años del siglo XX. A éstas se sumaban dos de carácter provincial. Una de ellas era la Universidad Nacional de Córdoba, que funcionaba desde 1614. Allí se profundizaban los pedidos de participación estudiantil y una reforma profunda de la estructura educativa y dirigencial. En 1908 se concretó en Montevideo el primer congreso de estudiantes latinoamericanos. Participaron delegaciones de Cuba, Chile, Bolivia, Paraguay, Perú, Argentina y nuestro país. Según se recoge en el trabajo realizado por Gabriel Del Mazo en su libro «Estudiantes y gobierno universitario», el por entonces estudiante Baltasar Brum propuso en el congreso una moción que fue votada afirmativamente por los presentes. Esta decía textualmente: «El primer congreso internacional de estudiantes americanos acepta como una aspiración, que es de desearse sea llevada pronto a la práctica, la representación de los estudiantes en los consejos directivos de enseñanza universitaria, por medio de delegados nombrados directamente por ellos y renovados con la mayor frecuencia posible». Como antecedente de los reclamos, algunos documentos consignan que en 1877 el doctor Alejandro Magariños ya había propuesto que en la reforma de la sala de los doctores se concretara la participación de los estudiantes.
Avances
Luego del congreso de Montevideo se lograron varios avances para que los gobiernos, tanto de Argentina como de Uruguay, permitieran la participación del estudiantado en la elección de las autoridades universitarias. Así, en nuestro país se votó en el Parlamento el derecho a voto de los estudiantes para la elección de los miembros de los consejos de cada una de las Facultades, lo que fue imitado en la Universidad de La Plata (Argentina), tal como lo precisa Del Mazo. En esta última, la asamblea de profesores determinó la «conveniencia» de la participación de los estudiantes «con voz y sin voto».
Lentamente se fueron logrando avances en diferentes centros de estudios latinoamericanos. Para 1918 los estudiantes de la Universidad de Córdoba reclamaban una reforma. El año anterior había estado signado por varios reclamos estudiantiles. Según Del Mazo, «eran (…) arraigados los males que debían combatirse y (…) poderoso el sistema de intereses que se coligaban para impedir la impostergable renovación». Agrega el autor que aquellos hombres «que tuvieron la necesidad de modernizar las universidades cuando así lo reclamaron los estudiantes de 1903 a 1906, pensaron en fundar otra universidad». Por ese motivo «se pensó en fundar la Universidad de La Plata», ya que a juicio de quienes la idearon «los defectos de las de Buenos Aires y la de Córdoba no podían ser reparados y no era posible renovar directamente sus venerables armazones».
El Manifiesto de Córdoba
El Manifiesto de Córdoba del año 1918 baluarte de la lucha estudiantil del siglo XX y bastión fundamental de la reforma definitiva, decía: «Hombres de una República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica». A su vez, precisaba: «Nuestro régimen universitario aun el más reciente, es anacrónico. Está fundado sobre una especie de derecho divino: el derecho divino del profesorado».
Más adelante señalaba que el «concepto de autoridad que corresponde y acompaña a un director o un maestro en un hogar de estudiantes universitarios no puede apoyarse en la fuerza de la disciplina (…). La autoridad no se ejerce mandando sino sugiriendo y amando: enseñando». Los estudiantes también declaraban: «Sólo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza, de bien».
«Es uno de los documentos más hermosos»
Para Martín Spósito, secretario de comunicación de la FEUU, «el manifiesto liminar es, sin lugar a dudas, uno de los documentos más hermosos que se hayan escrito». El dirigente agregó que más allá del contexto histórico en el cual fue realizado, «las palabras, premisas e ideas que contiene son de una belleza y pureza extraordinarias».
En declaraciones a LA REPUBLICA, Spósito dijo que para la FEUU «ha sido y es, ahora más que nunca, uno de los textos de cabecera; uno de esos textos que uno puede leer una y otra vez por su enorme vigencia». Enfatizó en que entre las tareas que se ha impuesto el gremio estudiantil figuran acciones tales como una segunda reforma universitaria, que se basará, «sin dudas, en la primera, de la cual este manifiesto no es más que la declaración jurada». *
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