Un gesto
Tengo para mí que el presidente Vázquez ya ha hecho suficiente como para pasar a la historia.
Le ha bastado un gesto, quizás por aquella verdad vieja de que todo camino largo y enmalezado es imposible de recorrer sin un primer paso firme y valiente.
El abrazo que el presidente dio a Pedro Bordaberry, al fin de la breve y trascendental jornada del «Nunca más», fue un gesto de grandeza y de significado impar. Vázquez abrazó al hijo, no al padre. Al hacerlo, aceptó el paso del tiempo, la idea de que uno no es el otro y la posibilidad de que, más allá de diferencias políticas o ideológicas, y porque todo cambia, es posible pensar una vida nacional en armonía. Ciertamente, no fue el suyo un gesto para dar cobijo al olvido ni cerrar la puerta a la búsqueda de la verdad y la justicia.
Sería bueno que así lo entendieran todos.
Vázquez decidió ejercer el postulado en lugar de un dogma o una doctrina. Eso se logra –al decir de Blake– «cuando se limpian las puertas de la percepción y todo se ve como es, infinito».
Claro, faltaron a la cita quienes piensan, con un derecho y una legitimidad que yo no osaré discutir, que las aguas deben dividirse de tal manera que, recién al ver sin obstáculos la profundidad, sea posible una reconciliación. Y en cambio estuvieron los militares, que aún no han dicho todo lo que saben, han mentido y no han aceptado sus culpas ni han pedido perdón.
Creo, de todos modos, que el gesto de Vázquez se yergue, digno, sobre estas circunstancias.
Para fundamentar mi convicción, recuerdo una cita que viene del fondo de la historia y asumo el riesgo de que no se comprenda a cabalidad. El 3 de agosto de 1650, Oliver Cromwell le dijo a la asamblea de la Iglesia de Escocia: «Les ruego, por las entrañas de Cristo, que crean en la posibilidad de haberse equivocado».
Era el hombre intransigente y puritano que había creado un «parlamento depurado» y había convertido a su gobierno en una dictadura militar.
Pero también ya era otro. *
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