El último adiós a un artista poseedor de una coherencia humana sin dobleces
Querido, admirado y respetado por multitudes, Estramín ha sido uno de esos seres humanos entrañables en los cuales su producción artística está indisolublemente ligada a su modo de ser.
Una personalidad sin dobleces aquilatada en alegrías y dolores, en decepciones y logros, ha sido su mayor carta de triunfo en su tránsito por la vida. A la calidad artística sumó entonces una coherencia humana sin dobleces. Eso, vaya logro, es la mayor recompensa que cualquier artista puede cosechar.
Este cantautor montevideano como ya anotamos en otra oportunidad se ha erigido en un ineludible puente de unión entre dos generaciones de músicos y todos sus fonogramas tienen una notable difusión y arraigo popular. Ellos son Cantacaminos, grabado junto a Juan José de Mello y el dúo Larbanois/Carrero, Pablo Estramín (Sondor), Se verá qué pasará (Orfeo), Estamos acostumbrados (Orfeo), Morir en la capital (Orfeo), Lo mejor de Pablo Estramín (Orfeo), La Campana (Orfeo), Canciones de mis amigos (Orfeo), Disco de Oro (EMI), De mis amores (Sondor), Gardel posta posta (Obligado), grabado junto a Vera Sienra y Pepe Guerra. Luego vendría Trozos de Luna.
A principios de los años ochenta, como un cronista fiel y comprometido, Estramín comenzó interpretando y componiendo canciones en las cuales prevalecía la raíz folclórica-telúrica, canciones comprometidas con el amor, los trabajadores, las injusticias y la lucha contra los regímenes políticos autoritarios. Considerado uno de los cantores populares más importantes de nuestro país, durante años se ha presentado ante el público con distintas formaciones instrumentales.
Con 47 daños de edad (nació el 30 de setiembre de 1959), era alguien que aún tenía mucho por decir. Sus trabajos discográficos son ineludibles, un muestrario imprescindible a la hora de elaborar una síntesis del cancionero popular uruguayo.
Su tiempo libre siempre lo ha disfrutado junto a su madre, (quien falleció hace un par de semanas), hermanos y amigos. Su ética, su compromiso con los afectos y el jugarse a pleno por sus convicciones han permitido que la gente lo haya situado en una posición de privilegio.
Vale hoy recordar algunas palabras suyas, esas que han definido su tránsito por la vida: «No puedo ser indiferente a lo que le está pasando a la gente, a mi entorno, a mí y a toda la sociedad.
Yo creo en el canto con compromiso. No me voy a transformar en un cantor panfletario porque nunca lo fui, pero tampoco voy a hacer una propuesta indiferente a lo que está sucediendo. Voy a buscar una manera de generar esperanza desde la desesperanza. Las cosas mejoran en la medida en que cada uno desde su rol asume responsabilidades. La realidad no la cambian ni las canciones ni los cantores, pero yo tengo la necesidad de no ser indiferente».
El autor de «Morir en la capital», «De adolescentes», «Magdalena» y «Estamos acostumbrados» ha confesado que aprendió a tocar la guitarra mirando recitales en la televisión, antes de iniciar estudios formales en un conservatorio, con la profesora Elida Grandall. Pocos recuerdan que en 1973 cantó la ópera La cenicienta en el Teatro Solís y que en 1975 integró una compañía de zarzuelas. Mientras cursaba estudios en el Liceo Bauzá, junto a compañeros de clase fundó el grupo folclórico Tiempo Nuevo. En 1978 y 1979 esta formación obtuvo los primeros premios otorgados por dos recordados programas televisivos: Guitarreada y Estudiantina. En 1980 el grupo obtuvo el primer premio del Festival Folclórico de Durazno, ocasión en la que además Estramín fue galardonado como la Mejor Voz del festival.
Luego, a partir de los años ochenta comenzó su ascendente actividad individual. En 1982 grabó con Larbanois/Carrero y Juan José de Mello y al año siguiente se editó su primer disco como solista.
A diferencia de otros integrantes de aquel fermental movimiento musical que tuvo sus picos más altos entre 1980 y 1988, la popularidad de Estramín no disminuyó, sino que se acrecentó con el paso de los años, sobre todo a través de un intenso trabajo en el interior de nuestro país, sumando para sí los galardones más importantes que otorga el tradicional circuito de festivales (Charrúa de Oro, en Durazno, y La Guitarra Olimareña en Treinta y Tres) por citar dos casos.
En consecuencia, el resultado de su carrera es también la síntesis del trabajo duro y de una postura absolutamente profesional y comprometida con sus textos.
Estramín se situó en el respeto y los afectos de la gente no sólo por su arte, sino también por su forma de plantarse en la vida.
Con una fina sensibilidad que le permitía captar el sentir popular, Estramín ha sembrado y sus semillas han caído en el fértil territorio del sentimiento popular, ese lugar pleno de ternuras que los pueblos reservan solamente para sus mejores hijos.
Ayer, entre lágrimas, aplausos y exclamaciones de agradecimiento se pudo escuchar varias veces «gracias, Pablo, por todo lo que nos diste», rodeado de familiares, amigos y la gente, esos anónimos que fueron el eje central de su propuesta artística y existencial, Pablo Estramín pasó a formar parte de una legión de artistas que dejaron su impronta indeleble en la sociedad en la cual les tocó vivir.
Hasta siempre, Pablo. *
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