Los desafíos del mediano plazo para la izquierda

Escrito por: ALBERTO COURIEL (*)

Miércoles 20 de junio de 2007 | 4:59
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E n notas anteriores nos preguntábamos si estaban suficientemente elaborados los nuevos modelos económicos y sociales que pueden ser implementados por los gobiernos progresistas de América del Sur.

Los desafíos son múltiples. Con avances, debilidades y carencias.

Existe un punto de partida que nos parece de fundamental importancia: la revalorización de la democracia como un fin en sí mismo, como un estilo de vida, combinando permanentemente libertad y justicia. La vigencia de la democracia le da un nuevo contenido a la lucha de clases. En el capitalismo las clases sociales existen y en muchas ocasiones muestran intereses contradictorios. Con la democracia ya no se trata de la derrota de una clase social sobre otra, sino que se busca ­a través del diálogo, la negociación y los acuerdos­ encontrar los equilibrios necesarios que permitan vivir en una sociedad más equitativa e igualitaria. La democracia obliga a resolver los conflictos sociales por las vías pacíficas y sobre todo atendiendo a la justicia social.

La propiedad de los medios de producción es una materia pendiente, dentro y fuera del régimen capitalista. El tema está claramente vigente en los procesos de Venezuela, Ecuador y Bolivia. Después de la caída del socialismo real y las innovaciones tecnológicas en materia de gestión de empresas, se mantienen interrogantes y este tema es uno de los grandes desafíos para la izquierda mundial y latinoamericana.

Bajo la vigencia del capitalismo y de la democracia se encuentran combinaciones que permiten atender simultáneamente las lógicas del Estado y las lógicas del mercado, que ya analizamos en notas anteriores. Los modelos alternativos dan respuestas concretas a estos temas.

Para los gobiernos progresistas de América del Sur los desafíos son múltiples y, a su vez, son muy claras las carencias en el mediano plazo por la inexistencia de proyectos país en lo económico y social. Se trata de pasar de los ajustes estructurales del neoliberalismo, basados en privatizaciones y liberalizaciones, a la conformación de una estructura productiva que pueda resolver con eficacia los grandes problemas estructurales de los países de la región. Ninguno de los siete países con gobiernos progresistas cuenta con lineamientos estratégicos de mediano plazo que intenten avanzar hacia una nueva estructura productiva que atienda los criterios de competitividad y empleo. En esta era de la globalización, con extraordinaria velocidad de los cambios tecnológicos, se requieren lineamientos estratégicos muy abiertos y flexibles para poder incorporar estas innovaciones.

La historia de América Latina muestra que las relaciones internacionales fueron extraordinariamente importantes para la conformación de la estructura productiva, en especial las relaciones comerciales. Las propias políticas proteccionistas y de subsidios llevadas adelante por los países desarrollados también fueron determinantes. Y en las dos últimas décadas, las condiciones fijadas por los organismos financieros internacionales tuvieron asimismo una fuerte influencia sobre la estructura productiva de los países de la región. La estructura productiva resultante se apoyó en una inserción internacional basada en las ventajas comparativas estáticas, centradas en los recursos naturales y exportando materias primas y alimentos con bajo valor agregado y sin contenidos tecnológicos relevantes.

Por otro lado, la estructura productiva mantuvo el fenómeno de la heterogeneidad estructural con alta proporción de trabajadores en el sector informal, lo que agudizó los problemas del empleo y la pobreza.

Se podría pensar que, con el arribo de nuevas fuerzas progresistas en la región, llegó la hora de que los países tengan un proyecto de conformación propia de la estructura productiva, tomando algunos ejemplos significativos de los modelos implementados en algunos países del Sudeste asiático. Se debe elegir y definir rubros y sectores productivos prioritarios a fin de lograr una inserción más dinámica en el mercado internacional, atendiendo a ventajas competitivas, en rubros de mayor elasticidad ingreso de la demanda e inclusive incorporando mayor valor agregado a los productos basados en recursos naturales.

El mundo del futuro es el mundo del conocimiento, del progreso técnico y de las innovaciones. Importa exportar rubros con contenido tecnológico relevante, de media y alta tecnología, como lo hace el mundo desarrollado. Es imprescindible, además, un mayor eslabonamiento hacia atrás de los productos de exportación para enfrentar las nuevas formas de enclave que se dan en algunos países. En la actualidad el 58% de las exportaciones del Mercosur está basado en recursos naturales y solamente un 8% en productos de alta tecnología.

Por otro lado, la nueva estructura productiva tiene que contemplar los problemas del empleo sabiendo que el crecimiento es una condición necesaria pero no suficiente. El contenido del crecimiento es vital para enfrentar la heterogeneidad estructural, la precariedad, el subempleo y el informalismo. La elección de rubros y sectores con las mayores demandas directas e indirectas de empleo productivo ayudaría a utilizar políticas activas para atender estos problemas. Interesa señalar que estos estudios llevan tiempo, requieren de una alta participación de los sectores empresariales y, en general, los organismos internacionales no contemplan el avance hacia estructuras productivas que atiendan simultáneamente la competitividad y el empleo.

La inexistencia de lineamientos estratégicos a fin de delinear bases importantes para la conformación de la estructura productiva puede ser fruto de diversas interpretaciones. Pero aquí nos interesa señalar la influencia de las políticas ortodoxas de corto plazo, muy influidas por los organismos financieros internacionales, como son los casos de los gobiernos progresistas de Chile, Uruguay y Brasil.

Estas políticas de corto plazo están centradas en programas financieros y determinan las políticas monetarias, cambiarias y fiscales que son de la responsabilidad de los ministerios de Hacienda o Economía y de los Bancos Centrales. Se ha priorizado atender las demandas del mercado financiero internacional y, en especial, otorgar seguridad en los pagos de los servicios de la deuda externa. Junto a esta prioridad se plantean los objetivos de estabilidad de precios internos y los equilibrios macroeconómicos de las principales variables financieras.

Esta concepción supone que, si se atiende regularmente los servicios de la deuda externa, se contiene la inflación, se asegura un nivel adecuado de superávit fiscal primario y el menor déficit fiscal global posible, se estarían dando las condiciones adecuadas para la entrada de capitales, para la inversión privada extranjera y para el crecimiento, lo que se lograría por la acción del mercado y del sector privado. En consecuencia no hay necesidad de acción del Estado sobre lineamientos estratégicos ni sobre el futuro de la estructura productiva, porque para ello están el mercado y el sector privado, que actuarían con la eficacia requerida. Por ello no serían necesarias ni políticas activas, ni sectoriales ni selectivas.

En los últimos años los altos precios internacionales de los productos de exportación han permitido el crecimiento económico y no se han notado los efectos contradictorios de las políticas de corto plazo. Cuando se otorga el énfasis en lo financiero ­por ejemplo, en la política cambiaria­ se afectan los sectores productivos.

Si el Estado no interviene en la determinación de la estructura productiva, ésta seguirá teniendo las características propias de los países subdesarrollados, se continuará con una inserción internacional basada en los recursos naturales sin elementos relevantes de contenido tecnológico y no se resolverán los problemas estructurales del empleo. La sola acción del mercado y del sector privado no está en condiciones de resolver esta problemática. *

(*) Senador de la República. Economista.

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