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Los tanos verduleros

Muy tempranito en la mañana aparecían con sus jardineras tiradas por un hermoso caballo percherón. Eran calabreses, lombardos o piamonteses y para los vecinos siempre fueron «los tanos verduleros». Camisas a cuadros, una boina y colorido pañuelo al cuello, toda una postal de los años 20. Callosas manos de inmigrantes laburadores que sostenían las riendas del grandote matungo que lucía muy coqueto con sus arreos lustrados y la tradicional campanilla colgando de la pechera. El tano caminaba despacito al costado del carromato y poniendo la mano en pantalla voceaba muy fuerte: «¡A la fresca fruta y verdura, a la fresca!» Las comadres y vecinas de los barrios populares salían remangando sus delantales y desde el portón le pegaban el grito: «¡Acá don Giusseppe!» Un saludo a ese hombre entre rudo y tierno que con el rostro agrietado de mil soles, revolvía entre los cajones del carro para cumplir esos pedidos. Los tanos llevaban al costado de la jardinera muchas estampitas de los santos protectores de su lejana patria. Entre esas imágenes las más repetidas fueron las de Santa Lucía y San Genaro, que colgaban al costado del enorme carromato. También llevaban clavada en la madera una vieja y oxidada herradura de cinco agujeros para ahuyentar a los temidos «yettatores».

Esos ambulantes verduleros vendían lo que habían sembrado junto a sus «patronas» e hijos en las pequeñas quintas de Melilla o Toledo, donde vivían en itálicas comunidades. No necesitaban ir por el Mercado Agrícola y cuando los veíamos por Cuñapirú y José L. Terra era sólo para vender lo que les quedaba luego del trillar callejero. Tanos que con sus jardineras andaban siempre cargados de manzanas lustradas por el más pequeño de sus hijos, con atados de lechugas, espinacas y coliflores colgando en la parte trasera. Vendían lo que llamaban «la verdorita» y las doñas así pedían un pequeño surtido que comprendía un poco de todo lo que transportaban en el carro a un precio económico. Al finalizar la venta, ellos impusieron la costumbre de «la yapa», o sea un regalito al cliente que podía ser un puñado de perejil, un racimo de uvas y a veces hasta ligábamos un par de tentadores higos. Al inaugurarse el Estadio Centenario en 1930, esos tanos no descansaron los feriados y recorrían las nuevitas tribunas con una gran canasta de naranjas y manzanas.

Cada tanto, algún irascible hincha arrojaba las jugosas frutas al «cuervo ladrón que no cobró el penal». Pero los guardiaciviles te sacaban de los fundillos y por eso la mayoría prefería masticar su bronca y chupar las naranjas. Muchos de esos fruteros y verduleros fueron leyendas del viejo Montevideo. Por Bella Vista, don Pedrín era el ambulante más conocido, que hasta le daba una propina a los pibes que lo ayudaban en el reparto. Por la Villa de la Unión anduvo Don Severio, petizón y fornido, que aunque inmigrante itálico tenía tremendo metejón con Gardel. Todos sabían que siempre antes de alejarse su jardinera se mandaba un tango a capella en simpática jeringoza. Por La Blanqueada y el Parque Central andaba el carro verdulero del gran Perucho Petrone, que pateaba la guinda futbolera como con un fierro. En 8 de Octubre y Comercio tenía su puesto el españolísimo torero Araújo, muy famoso en las corridas de la Plaza de la Unión. Entre los cajones colgaba las orejas de los toros que habían sido sus fieros rivales. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *

COORDINACION: – ANGEL LUIS GRENE

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