La verdad
La verdad siempre es vital a la democracia. Y suele resplandecer cuando hay confrontación.
Por ejemplo: si alguien hace una determinada denuncia, seguramente aparecerán quienes, por sentirse afectados, merezcan el derecho de la negación o, al menos, de explicar su conducta para probar su inocencia. Por tanto, investigar y echar luz sobre circunstancias o hechos del pasado es plausible, más allá de las intenciones reales o imaginadas del que se mete en tan enmalezado camino.
Aníbal Pereyra, diputado por Rocha del Espacio 609, ha obtenido unas fichas del Instituto de Colonización al parecer muy reveladoras. Demostrarían que en un período reciente, políticos de partidos tradicionales habrían favorecido la entrega de campos violando la legislación correspondiente.
Ignoro si Pereyra presentará tal documentación a la Justicia. Es su decisión. Pero me interesa decir que la sola exhibición de esas fichas a través de la prensa es suficiente para que la verdad resplandezca; tanto si al legislador le asiste la razón como si está equivocado, el sistema democrático habrá exhibido su solidez y su riqueza.
Ciertas investigaciones pueden verse como caza de brujas, como pasaje de facturas o como simples revanchas. Me parece una mirada miope, tuerta o quizás afectada de astigmatismo. Saberlo todo aun lo que ha sido denunciado con convicción y termina no siendo cierto ayuda a que tengamos una mejor democracia, entre otras cosas porque nos conoceremos todos un poco más y sabremos también un poco más acerca de lo que ha estado pasando.
Que no le ocurra a la democracia lo que a aquellos que creen que el discurso importa más que la realidad.
Ernest Renan peroraba un día, encantadísimo, sobre estética. Edmond Goncourt le preguntó de pronto: «¿De qué color es el empapelado de su comedor?». Renan no tenía idea. Sus argumentos sobre la belleza no se basaban en la experiencia inmediata, que lleva al conocimiento y a la verdad, sino en las palabras.
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