Desatinos
En una democracia representativa –donde el ciudadano entrega su representación a otro, investido de determinados poderes– el Parlamento no sólo debe ser responsable y serio, sino parecerlo.
En tiempos en que los hechos se registran al instante y la información viaja de la mano de la inmediatez, el «parecer» cumple una función más trascendente que una simple coreografía o un maquillaje. Es la imagen que puede robustecer en el ciudadano las ideas democráticas o empujarle a ponerlas en duda. Sí, tan así.
El espectáculo dado por la Cámara de Diputados el miércoles pasado fue exactamente lo contrario a esa imagen. Si las barras –por una de tantas casualidades– hubiesen estado repletas, no sé a cuántos les habría incomodado, por un instante, la loca idea de romper un imaginario carné de demócrata y salir en escandalosa adhesión de la primera monarquía al paso.
Creo que la responsabilidad principal es del oficialismo. Una mayoría absoluta –más allá del respeto por los matices, que son necesarios– debe funcionar como una aplanadora, aunque esta figura pueda parecer excesiva. Una aplanadora que apruebe, lo más rápido posible, todos aquellos asuntos que se incluyen en el orden del día, presentados por el Poder Ejecutivo y destinados al beneficio de la sociedad. Una cosa es que en el análisis de proyectos complejos como la Rendición de Cuentas o la reforma tributaria haya meditación, debate y hasta discrepancias de fondo en el propio oficialismo; otra muy distinta es que la bancada de la mayoría se enzarce en una esgrima dialéctica insólita y hasta grotesca entre sus propios integrantes o con la oposición, por asuntos tan menores que provocan vergüenza ajena.
Los parlamentarios suelen decir que el verdadero trabajo se hace en las comisiones. Puede ser. Pero los grandes y pequeños asuntos que interesan al ciudadano se resuelven, inexorablemente, en los plenarios.
Vale la pena recordarles, aun figuradamente: «Cuidado, los están filmando».
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