¿El qué?
Yo respeto a los legisladores de este país, a quienes advierto realmente preocupados por la suerte de todos.
Además, algo habrán hecho para estar donde están.
Claro que, a veces, algunos sueltan unas declaraciones que conmueven como si un mastín inglés se nos viniese encima. Es el caso del senador blanco Julio Lara, quien ha dicho, con una primorosa soltura, que los radicales de izquierda tienen lugar en el partido que creó Oribe: «Sí, por supuesto, tienen y están participando, y en varios lugares estamos trabajando con ellos».
Es cierto: la teoría política de la acumulación ha ido ganando adeptos. No faltan quienes dicen que el Frente Amplio llegó al gobierno gracias a esa estrategia, que sus buenos dolorcillos de pancita le está causando ahora. Tan cierto es esto como que muchos colorados y blancos votaron a la izquierda, buscando el cambio real que las corrientes tradicionales les negaron durante más de un siglo. Y lo es, igualmente, que el Partido Nacional y el Partido Colorado hoy «vistean» –como al compañero del truco, a la espera de señas– donde hasta hace poco daban vuelta la cabeza, casi con desprecio.
Está bien. Pero tengo para mí que la aseveración de Lara toma años luz de distancia con esos incipientes procesos, muy estimulantes, y da por sentado, con la soltura quirúrgica de Jack el destripador, un sincretismo ideológico que sería como ver, resucitados y juntos, parrillada y buen vino mediante, a Sendic, Arismendi, Nardone y Herrera.
Sé que Lara fue un buen arquero. Tuvo su época de descolgar centros, atajar pelotazos y amedrentar atacantes golosos.
Era otra cosa, querido Julio. Esto del concubinato con radicales de izquierda suena –lo digo con respeto y, como siempre, esperando estar equivocado– semejante al diálogo de dos amigas, cuando una le pregunta a la otra cómo hace el amor con el viejo que se casó, que le lleva cincuenta años:
-Hacemos el tratamiento.
-¿Qué tratamiento?
-El trata y yo miento.
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