Hegemonía

Lo del título es «tópico» manido por la izquierda y debe ser cuidadosamente tratado en toda reflexión que se intente acerca del socialismo.

La cuestión de quién hegemoniza a quién en las alianzas; qué ideas o qué intereses hegemonizan o deben hegemonizar, no se decide ni por decreto ni por declaración solemne, sino que se define en «la cancha» de las luchas políticas y sociales corriendo los riesgos inherentes a cualquier tipo de lucha. Y si quienes entienden que deben tenerla o conquistarla la pierden a manos de otros, habrá sonado para ellos la hora del balance objetivo y la autocrítica sincera.

Pero además hoy, o en cualquier momento, que la hegemonía la tenga algo o alguien es nada más que un dato que por su naturaleza será siempre provisorio.

Hay quienes confunden mando con hegemonía. Que, sin embargo, son a nuestro juicio cosas muy distintas que no se debieran confundir por el riesgo que tal error entraña.

Quien así entrevere creerá tener hegemonía copando el mando.

Pero ella es cosa distinta y menos «agarrable». La relación entre ambos conceptos es la que puede haber entre el amor y la caña de bajar higos.

En la URSS y en los demás países del ex campo «socialista» la «manija» estaba indiscutiblemente en manos de los respectivos gobiernos y su partido adyacente. Pero la hegemonía estaba perdida por ambos desde hacía mucho tiempo.

Ese error está aún hoy muy generalizado. Es fácil observarlo y sufrir sus consecuencias.

Caer en dicha confusión es, además, desarmar a los militantes y al pueblo. Porque a veces tiene más hegemonía un canal de televisión que grandes organizaciones y alianzas políticas y sociales.

Tener la hegemonía es mucho más profundo y difícil que tener un cargo desde donde poder mandar… O creer tenerlo: porque en realidad si el que «manda» no tiene la hegemonía, no manda nada aunque le hagan creer que sí.

La hegemonía y el poder radican en el corazón y en la conciencia de las grandes mayorías; de la gente; de los pueblos.

Por más que el que mande tenga armas nucleares, densas policías secretas, y grandes ejércitos.

De lo que se desprende que el poder no radica donde antaño, erróneamente, creíamos con bastante ingenuidad.

En las grandes revoluciones, incluyendo a las burguesas, generalmente pero no siempre (como por ejemplo nada menos que en la India), el poder nació, como dijo Mao, del fusil.

Pero solamente eso: «nació». Luego, cuando tuvo que crecer, ponerse los pantalones y madurar, abortó por más armas e incluso países y regiones que hubo «juntado». Eso estaba claro incluso en el caso de las revoluciones burguesas que sufrieron varios fracasos y retrocesos en su larga lucha. Recordemos además y sin ir lejos, la dura experiencia de nuestras propias guerras de la independencia.

Para el caso de las denominadas «revoluciones socialistas» eso también ha quedado meridianamente claro y a la vista.

El viejo concepto de «hegemonía» adoptado erróneamente (nos incluimos), era una simplificación grotesca del problema.

Ella (la simplificación) se componía de tres ingredientes: el concepto equivocado de que la Historia se desarrolla en un solo sentido (de progreso) que además es inexorable y está predeterminado; la idea de que traspasado cierto umbral glorioso (la «toma del poder») el resto venía por añadidura y, por fin, su complemento: en horas revolucionarias, el poder queda residiendo en los aparatos coactivos y coercitivos del Estado.

Por lo tanto todos, quien más, quien menos, reformistas y revolucionarios con diversas tonalidades, nos transformábamos en febriles profesionales de la insurrección en sus variadísimas y proteicas formas al extremo de llegar a confundir «Revolución» con meras tecnologías de la insurrección que en muchos casos, además, quedaban reducidas a recetas de no mayor extensión que las dispensadas hoy para la tos por cualquier médico. ¿Se acuerdan de aquella extraída de Lenin? ¿O de la otra, aun mejor, entresacada de Trotsky? Sin que ambos lo supieran, obviamente…

Hoy sabemos que en esa tecnología siempre estuvieron mucho más avanzados y avezados los fascistas que nosotros y que toda técnica es nada más que eso: una herramienta que, en sí, no tiene ideología. Como el cuchillo, al decir de un experto, no ofende al que lo maneja.

Entonces tomábamos el poder, festejábamos, y la URSS nos ayudaba desinteresadamente.

A no reírse porque así se hizo no una, sino muchas veces y en todo el planeta, confirmando que el poder nacía del fusil.

Tal como ya lo había demostrado Artigas (y Perogrullo) muchísimos años antes.

El problema es que el «relato» no terminaba ni termina nunca allí, sino que, por el contrario, recién empezaba y empieza. Recién nacía y nace.

Artigas, por ejemplo, se murió en el Paraguay.

Queda claro entonces que el poder verdadero y único que hay que tomar radica en la conciencia y en el corazón de las multitudes. No está ni estuvo nunca en ningún otro lugar. La «hegemonía» tampoco.

Regímenes armados hasta los dientes y con varios años de existencia se derrumbaron sin disparar un solo tiro, o disparando muchos, por haber perdido ESE poder.

La dictadura en Uruguay, por ejemplo, llegó a perder un plebiscito para el que prohibió toda propaganda en contra y, encima, agregó la amenaza de continuar la dictadura si la gente no les votaba lo que ellos deseaban. En esas condiciones, sin embargo, la gente votó en contra. Recordemos las demás movilizaciones, chicas y gigantescas, que la derribaron.

Por lo tanto y para el socialismo, según nosotros lo vemos, no hay ni habrá otro camino que conquistar esos baluartes del verdadero poder: la conciencia y el corazón de vastas mayorías, y no habrá atajos posibles.

Eso nos vincula y lleva entonces a una tajante y radical afirmación de la democracia como el único camino que conduce al socialismo y al socialismo como el único camino que conduce a la democracia.

Si entendemos, valga la aclaración, las dos cosas en un concepto pleno.

Cito de memoria: creo que fue el ilustre historiador Barrán quien en un seminario que compartimos dijo algo así: «Si una ley o un decreto presentan un atisbo de inconstitucionalidad ello puede no sólo ser denunciado sino ‘derogado’. Está debidamente previsto que no se pueden hacer cosas inconstitucionales. Pero resulta que si un niño se nos muere de hambre en la calle, esa muerte no es para nada inconstitucional…». Obviamente, Barrán se refería a ciertos contenidos omitidos pero imprescindibles de la democracia. *

(*) Senador de la República. Escritor.

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