Errores
Una amable conversación con dos legisladores oficialistas me hizo saber, en exquisito tono, que había perpetrado unos errores.
El primero, según uno de estos calificados lectores, radicaría en una columna en la que postulé que eso tan de moda del «mercado interno inexistente» es un sofisma. Decenios atrás lo hubo y, aunque ha muerto, puede y debe ser revivido por este gobierno. Quise demostrar esa actual situación cadavérica con el consumo de carne y el legislador, quien cree que ese mercado existe y florece, me exhibió información acerca del aumento de las exportaciones –en realidad un argumento a mi favor, lo que percibí como una graciosa generosidad suya– y de que Uruguay es uno de los mayores consumidores de carne del mundo.
Dubitativo, decidí consultar en tres carnicerías de distintos barrios de Montevideo: según sus propietarios, la única forma de aceptar que hoy se come más carne, sin contar que somos tres millones de habitantes y cincuenta años atrás éramos menos, es llamar así »carne»- a la picada grasienta, al hueso a medias pelado, a la falda y al escuálido y poco duradero asado del Pepe. Antes, en todos lados, a lo bestia, se comía nalga, cuadril y aguja de primera.
Aunque prefiero que la razón la tenga mi interlocutor, es probable que en este caso yo no haya errado.
El otro legislador aludió a una columna en la que, enfocando el tema desde una perspectiva ética, sugerí que los parlamentarios cuyo desafuero solicitó la Justicia bien podrían, convencidos de su inocencia, renunciar a su privilegio y presentarse ante el magistrado.
Perdí. No hubo uno, sino dos errores. Los fueros son irrenunciables, pertenecen al Poder Legislativo. Y, además, un parlamentario al que sus pares no le quiten esos fueros no puede ser indagado en persona.Lo acepto y me inclino, reverente, ante quien con tanta delicadeza, como si me invitase al té de las cinco, me advirtió la bondad del asesoramiento para no parecer un asno que rebuzna y eructa.
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