LA COLUMNA AMARILLA

Meaderos

Más de una viejecita de misa de once se horrorizará, tanto como esos espíritus victorianos que acechan a los columnistas deslenguados.

Está bien. Yo podría haber titulado esta columna «orinales».

Hubiese sonado más púdico, pero a costo de impedir al lenguaje acercarse a la ordinariez de ciertas conductas contemporáneas a fin de describirlas claramente y sin piedad.

Plaza de «El Entrevero», el lunes pasado, a las cuatro de la tarde. Gentes diversas disfrutando del sol: señoras y señores en los bancos, leyendo, tomando mate o mirando discurrir la vida, jóvenes caminando enamorados, paseantes de perros de todo pelo, color y tamaño, veteranos tirando el anzuelo con sonrisita de caninos insuficientes y damas cinchadas abajo por lo que sobra y abiertas arriba por lo que, a duras penas, aún seduce.

De pronto, un muchacho se para contra unos arbustos, de espaldas a Julio Herrera y Obes, y mea dulcemente y con inocultable placer. Luego de sacudir como corresponde, se retira silbando. Diez o quince minutos después, otro muchacho va al mismo sitio y libera su vejiga con una paz espiritual digna de reconocimiento celestial. También se va tranquilo y feliz. Tras otros diez o quince minutos, un tercer muchacho satisface, en los tales arbustos, igual necesidad fisiológica y vuelve adonde estaba con una exquisita impunidad.

Durante cada copiosa meada, mi esposa y yo nos hemos mirado. Y hemos mirado alrededor buscando una muestra de disgusto, una incomodidad, tal vez algún pálido ánimo de protesta. Gran fiasco. Perdura lo que se veía antes de que los arbustos al lado de la fuente central de «El Entrevero» fueran copados por los meadores. Una absoluta, casi beatífica indiferencia.

Algo ha cambiado. El pudor, por ejemplo, que antaño engalanó nuestros hábitos. Está siendo ahogado por meadas públicas.

¿Qué queda, si no se nos mueve un pelo?

Hay una sola respuesta, que es un espantoso diagnóstico: tratar de que no nos meen encima y seguir viviendo.

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