Aquellos pibes
Con los festejos por el aniversario de la Escuela Maturana los recuerdos se alborotaron. Reunión de ex alumnos, viejos profesores, curas sencillos y orgullosos de su obra. Pasillos y aulas donde aquellos pibes ahora veteranos vivieron en la patria feliz de la infancia, como diría Herman Hesse. El homenaje y las palabras de Tabaré Vázquez hicieron que a más de uno la emoción les ganara y aparecieron los ojitos brillosos. Botijas saliendo al recreo como un ventarrón para cambiar las figuritas del álbum de chocolates Saint. Comentaban las películas de Tom Mix que daban en el pequeño biógrafo de a la vuelta, también llamado Maturana. Gurisada del viejo Montevideo correteando en sus angostas callecitas de adoquines. Pero, por El Bajo, allá donde la Ciudad Vieja orillaba con el río andaban otros pibitos menos afortunados. Eran los niños que tenían que trabajar porque los vintenes del viejo no daban para llenar la olla. Por la escollera Sarandí, esperaban que se les arrimaran los botes con el pescado que vendían «mitad y mitad» con esos humildes pescadores del puerto. Llenaban sus canastas de pejerrey y majuga y trillaban toda la zona hasta llegar a la Plaza Matriz donde vendían el resto mucho antes que las companas anunciaran el mediodía. Esos trabajadores pibitos se cruzaban con los alumnos de grises guardapolvos que estudiaban en algunas escuelas de El Bajo como la San Francisco de la calle Solís. De tardecita, todos sin distinciones, pibes laburantes y los otros que estudiaban se dirigían a las canchitas del Barrio Olímpico de la Aduana. Por la Placita Zabala andaban otros pibes que también le metían pechera a la vida. Eran los que andaban con un banquito y un cajón con un par de pomadas y un cepillo para trabajar de lustrabotas. Sus clientes más fijos y seguros eran los changadores de los camiones que descargaban la mercadería en la Plaza Zabala para distribuirla en los negocios de la calle Colón o llevarla a los enormes galpones de La Aguada. Otro sitio de convocatoria para esos pibes ya sea laburantes o estudiantes fue la llamada Playita del Gas. Si hacía calor, una buena zambullida y por el otoño antes que el frío volviera inhóspita a la rambla se daban clases de gimnasia gratuita. Una vez hasta llegó un alemán serio y grandote que enseñaba a boxear a toda esa botijada. Por el Centro montevideano había muchos colegios de monjas con el régimen de alumnas «pupilas».
Era tradicional que los jueves y los domingos esas niñas que vivían encerradas fueran llevadas a pasear acompañadas de las atentas monjas. La Plaza de los 33, en los domingos, ofrecía el espectáculo de la banda musical de los bomberos acompañados por su característica llama peruana y jugando entre los canteros se veían un montón de chiquilinas «pupilas» que gozaban del sol y el aire libre. Por los conventillos del Barrio Reus al Sur los negritos alegraban a ese Montevideo de antaño. Antes de llegar a las canchitas de la Liga Guruyú se paraban unos instantes a vichar por las ventanas del Club Mar de Fondo donde estaba ensayando su recordado coro. Hoy los recuerdos se llenaron de niños y todo por la Escuelita Maturana que alborotó las vivencias de este viejo escribidor. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
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