"Las palabras que sobreviven son las que encuentran la afinidad del núcleo social"
Dos luminarias de la literatura de todos los tiempos, el inglés William Shakespeare y el no menos famoso Miguel de Cervantes Saavedra fallecían, por capricho del destino, el mismo 23 de abril de 1616.
Muchos siglos más tarde, en esa misma fecha se conmemora el Día del Idioma Español, en homenaje al creador del Quijote, el primer gran escritor de nuestra lengua.
Actualmente, el español es hablado por casi 400 millones de personas en todo el mundo, aunque, por cierto, no constituye la lengua madre de todas ellas. Las estadísticas pueden variar, pero en general se admite que el español es la cuarta lengua del mundo en cantidad de hablantes, luego del mandarín, el inglés y el hindi.
Además, los expertos suelen coincidir en que se encuentra en un período de franca expansión. Por ello, cada vez con más frecuencia se estudia como segunda lengua en los países de habla no hispana (valgan Brasil y Estados Unidos como ejemplo).
Otra gran ventaja con la que cuenta nuestra lengua es la enorme uniformidad que posee -más allá de variantes en el léxico o la fonética- en todas las regiones de su vasta extensión. Aun así, el humilde español del Uruguay, hablado apenas por poco más de 3 millones de personas, tiene sus particularidades, las que han sido estudiadas por más de 60 años por la Academia Nacional de Letras, fundada en 1942 en plena dictadura de Baldomir. En su primera época, la nueva institución contó con un plantel de lujo.
Baste con decir que la presidenta de aquellos años fue Juana de Ibarbourou, en el apogeo de su carrera.
Décadas más tarde, la institución siguió contando con destacados académicos. Uno de ellos es el maestro José María Obaldía, presidente de la Comisión de Lexicografía y gran orador.
Idioma caprichoso
Desde sus comienzos como lengua independiente, el español ha visto aparecer y desaparecer -como el resto de las lenguas- infinidad de vocablos. Este año, la Asociación de Escritores de Madrid, como forma de conmemorar el Día del Idioma, se propuso «apadrinar las palabras en vías de extinción». El procedimiento ha sido sencillo y exitoso: cada internauta que accediera a la página web www.escueladeescritores.com podía dejar constancia de aquellas palabras cada vez menos utilizados que, en su opinión, merecen rescatarse del olvido. Hoy la lista definitiva será publicada, pero ya se adelantó que los participantes (algunos de ellos reconocidas personalidades) optaron por salvar el bisoñé (‘peluquín’), los retretes (frecuentes en más de una traducción fílmica), la extraña gaznápiro (‘torpe’) y una mucho más frecuente por estas regiones y viva aún en Uruguay: damajuana.
El esfuerzo parece noble pero, en opinión de José María Obaldía, resultará infructuoso. «Los procesos del lenguaje se dan con independencia absoluta de criterios.
Nadie determina la desaparición de una palabra», sentencia convencido.
Muchas de ellas caen en el desuso, sencillamente, porque deja de existir su referente en la realidad. Por eso ya casi nadie habla de los canillitas. Simplemente, han dejado de recorrer la ciudad. «En muy poco tiempo, esta palabra sólo se mantendrá como lema de una institución gremial», augura Obaldía.
No obstante, el académico señala que existen casos más complejos. » Aeroplano es una palabra muy linda pero ha ido desapareciendo. Sin embargo, sigue habiendo aeroplanos, sólo que les llamamos avionetas», dice Obaldía, sin poder plantear una explicación para este capricho léxico.
Precisamente, el olimareño asegura que la esencia de la lengua es el capricho y, por eso mismo, son inútiles las recomendaciones que intenten encauzarla. Los ejemplos se multiplican en su memoria.
En 1956, recién recibido de maestro, Obaldía y el resto de sus colegas recibían de las autoridades educativas preceptivas para evitar que los alumnos utilizaran el verbo relajar como sinónimo de insultar. «Fue una casi lucha», dice con una sonrisa. Pero resultó inútil. Cuanto más intentaban impedirla, más se empeñaban los niños en utilizarla.
Hoy, triunfadora, está incluida en el Diccionario de la Real Academia.
Para Obaldía, la lección es fácil de descubrir: «El lenguaje camina por cauces propios».
«Es algo vivo; lo he comprobado con los años. No tiene leyes y sus procesos son autónomos», insiste, casi con admiración.
La Comisión de Lexicografía que él integra, por esta razón, se dedica a «seguir de cerca» los procesos del español del Uruguay y desarrollar una tarea de relevamiento casi minimalista. Pero sus integrantes saben que no pueden moldear los usos idiomáticos de los uruguayos a voluntad.
«Cuando aparece una palabra y no nos gusta sabemos que puede desaparecer, pero no sólo por nuestra recomendación», indica Obaldía. En estos casos, el sentido común parece ser el gran regente.
El académico recuerda una muletilla frecuente hace algunos años, presente en casi cualquier conversación: el ¿viste? (de larga tradición porteña) que cerraba infinidad de aseveraciones, en espera del visto bueno del interlocutor. «Hoy por hoy ha desaparecido», dice Obaldía, quien asegura que la muletilla de moda en estos momentos (el constante digo) correrá probablemente la misma suerte, aunque no gracias a las prescripciones de la Academia, por cierto.
Complicidad
Para explicar, en cierto modo, estos procesos arbitrarios, Obaldía recuerda con convicción una frase de algún lingüista olvidado: «Si un neologismo (palabra nueva) no requiere un esfuerzo especial para ser pronunciado y no suena mal, se impondrá».
Consultado por la cronista acerca de la extinción de algunas palabras fáciles de decir que no suenan mal (como el verbo amar en el habla corriente, según la Real Academia Española), Obaldía admite que, como toda ley, tiene sus excepciones.
«Es cierto que el significado de amar se ha restringido sólo a la pareja, oscureciendo al resto de sus acepciones -concede Obaldía-. También es cierto que algunos verbos fáciles de pronunciar, como aparcar, que se intentó imponer hace algunos años en nuestro medio, no pudo competir con estacionar. La explicación, me parece, es que tiene que haber afinidad entre la palabra y el núcleo social».
Además de este mutuo entendimiento, en el mundo actual también es importante la difusión del lenguaje que llevan a cabo la publicidad y los medios de comunicación. Gracias a esto, es probable, según Obaldía, que las lenguas modernas masivas no desaparezcan como ocurrió con el latín.
«No intento hacer futurología, porque con el lenguaje es imposible -aclara el olimareño-, pero se me ocurre improbable que una lengua como el español pueda extinguirse.
A través de los medios, por un lado o por otro, siempre va a estar presente. Además, es una lengua en expansión. En el latín la letra andaba a tracción a sangre. Iba hasta donde iba el hombre. Hoy la palabra camina más que el hombre que la dice».
A pesar de esta beneficiosa tarea, Obaldía también señala algunos de los errores en que incurren los trabajadores de los medios de comunicación.
«Es extraño ver como algunas palabras se reiteran con insistencia-dice el académico-. Por ejemplo, es muy común que se impongan modas sólo por aproximarse a algún idioma extranjero.
Recuerdo la primera elección presidencial de Bush, que se decidió en el estado de la Florida. En aquel momento, la mayoría de los comunicadores habían optado por decir Flórida, con la acentuación inglesa, cuando en realidad los españoles fueron quienes bautizaron ese estado».
La influencia de otras lenguas es casi inevitable, y puede explicarse por varios motivos. Obaldía destaca la labor de la academia de la lengua española estadounidense, que se ha encargado de seguir de cerca el proceso del spanglish, esa mezcla ingrata para muchos entre el inglés y el español que utiliz
an los hablantes estadounidenses de origen hispano.
Mucho más cerca, es innegable la influencia del portugués en nuestra frontera. «¿Por qué ha penetrado más en Uruguay que el español en Brasil?», se pregunta Obaldía. La explicación que encuentra tiene orígenes muy alejados del fenómeno del spanglish.
«Creo que es por la musicalidad especial del portugués», arriesga Obaldía. «No es lo mismo decir perro, una palabra dura, seca, que pronunciar cachorro«.
La belleza de la lengua
El año pasado, la Academia de Escritores de Madrid también había salido al rescate de la lengua, en aquella ocasión no para salvar las palabras obsolescentes sino para destacar las más bellas.
La lista reunió 26 palabras (ver recuadro), y en ella participaron, como en esta ocasión, reconocidos hispanoparlantes.
«El lenguaje tiene componentes afectivos», dice Obaldía cuando se le solicita que escoja algunas palabras del español que considere meritorias por su plasticidad. «Por eso, voy a mencionar las que gravitaron más en mí».
La primera elección de Obaldía lo lleva hasta su tierra natal, el departamento de Treinta y Tres. Es un vocablo desconocido en el resto del territorio nacional: el adjetivo cumba.
«Aparece en Tacuruses, de mi amigo Serafín J. García», recuerda el olimareño. «Es un adjetivo superlativo que se utiliza para definir cosas tremendamente hermosas o tremendamente feas, pero siempre conmovedoras o recias». Con orgullo, Obaldía relata que, años atrás, el payador maragato Abel Soria le confesó que envidiaba a los olimareños por tener en su léxico una palabra de tanta expresividad.
La segunda opción de Obaldía también es propia del habla de Treinta y Tres. Se trata del verbo prosear, que significa conversar en el español estándar. «Es un uruguayismo reconocido», explica Obaldía, «y por eso me gustaría que se difundiera en el resto de nuestro territorio. Es de gran belleza y, además, no son muchas las palabras del español del Uruguay reconocidas por la Real Academia». *
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