Una idea
Hay zonas mansas donde –al decir de Thomas de Quincey– se diluye «el fluir incesante del oleaje de rostros» de las grandes ciudades.
Cada pueblo, cada villa del interior profundo tienen no sólo identidad sino memoria. Historias, lugares y un espíritu propio que sobrevuela calles terrosas, edificaciones viejas y hábitos ya mayores de edad. Allí todo es conciso, aunque quizás no sea, para algunos, evidente.
Esta realidad –si se la estimula, reconociéndola y dándole el lugar que merece en la cotidianidad– es un desafío. Puede fortalecer el amor por lo local, que es el cimiento de la radicación, y abrirle al turismo una ventana a la que hasta hoy, me atrevo a sugerirlo, no imaginó que pudiera asomarse.
Estas reflexiones han surgido a raíz del festejo del centésimo trigésimo aniversario de Soca, en Canelones.
La visita de María Kodama, la viuda de Borges, hizo el milagro. Presentando una muestra fotográfica en homenaje de Susana Soca, cuyo nombre porta el viejo pueblo que supo llamarse Mosquitos, que legó una riqueza literaria impar, que fue amiga del ciego genial y que impulsó la construcción de una capilla de cristal –una de las mejores muestras de la arquitectura moderna en Uruguay–, permitió que muchos descubriéramos este lugar y otros lo rescataran del olvido. E hizo posible advertir la perseverancia de sus habitantes, su cariño por su tierra y el atractivo sorprendente que Soca tiene para cualquier visitante que llegue hasta allí debidamente informado.
Hay una gran tarea por delante con éstas, las zonas mansas. Creo que una parte de ella debe ser asumida por el Ministerio de Educación y Cultura y la otra, que si se hace bien tendrá un retorno económico, le corresponde al Ministerio de Turismo.
Ahora bien, es empobrecedor para el país que haya que aguardar a que venga la Kodama, que convirtió el aprovechamiento de Borges, en vida y luego de muerto, en una obra de arte, para que Soca salga a la luz y nos permita imaginar y crear. *
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